Nada volverá a ser igual

Ricardo Nava Dirzo *

Cuando de niño caminaba por la avenida Plan de Ayala, tomado de la mano de mi madre mientras nos dirigíamos al antiguo McDonald’s que hoy ya no existe, no tenía conciencia de lo que ocurría a mi alrededor. En el 2010, y a mis seis años, mi única preocupación era regresar de la escuela, encender el televisor y mirar Cartoon Network. La existencia era entonces literalmente una caricatura, ficticia e idealizada por la aparición de la cultura norteamericana. Aún no se asomaba la violencia, aunque ahí estaba. Porque desde hace casi dos décadas la desaparición y la muerte son el pan de cada día en nuestro país. Históricamente, México se ha caracterizado por ser un territorio violento, incluso antes de la llamada guerra contra el narcotráfico. Pienso en la Revolución mexicana donde los caudillos se enfrentaron al Estado, o en los años 90’s, cuando un sinfín de mujeres fueron víctimas de feminicidio en Ciudad Juárez, Chihuahua. La guerra ha adquirido la similitud de un tornado que arrasa con todo lo que hay a su paso. Miles de personas han sido asesinadas o desaparecido desde entonces; cuerpos que yacen en el olvido, pues no se saben dónde están. Dentro de todo esto, el llamado crimen organizado tiene una connotación siniestra originada en parte por su sentido espectral: migrantes asesinados, estudiantes desaparecidos, mujeres encontradas muertas en carreteras o cisternas con signos de violación. Estás son nuevas y viejas formas de aterrar, y que han generado un cambio en la convivencia. Arturo Aguirre en su libro Nuestro espacio doliente sostiene que la desaparición de una persona ocasiona que la comunidad en la que se rodeaba no se comporte de la misma manera nunca más, que dicha acción produce una oquedad insuperable. Quizás eso es lo que le ha pasado a nuestro país. Tan solo notemos cómo las personas empiezan a resguardarse en sus hogares una vez que el sol se oculta, tornándose las calles de un tinte desértico y siniestro. Y una vez que por fin la estrella luminosa vuelve a salir, es momento de abandonar el búnker llamado hogar, cuando momentáneamente las colonias, callejones y locales recuperan su brillo. A pesar de ello, no se sale con tranquilidad. Es así como la violencia y la desaparición generan terror en los habitantes de este país. A veces pienso que me gustaría regresar a esos momentos cuando no veía mi entorno de manera violenta, regresar a las risas, diversión y convivencia, cuando no pronunciábamos el diccionario del narco que periodistas como Marcela Turati recogen en sus crónicas: encajuelado, ejecutado, levantado, desintegrado, encobijado, plaza. Lamentablemente este es el país en el que me tocó vivir.

*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Foto: Gerardo González Palacios, Jardín San Fernando, Ciudad de México, 2024.

La Jornada Morelos