

Hiquíngari Carranza
Este mensaje de Año Nuevo va dirigido a las mujeres buscadoras y a todos aquellos que demandan la presencia de las Personas NO localizadas, desaparecidas en distintas circunstancias y latitudes al rededor del Mundo.
México sufre con desmesurada violencia y enorme pena, este doloroso flagelo:
Persistencia de Desapariciones Forzadas.
Un conjuro de Año Nuevo:
Para multiplicar la esperanza que nace al centro de las ausencias.

Nadie debería presenciar el momento en el que la esperanza se quiebra, cuando los pasos de un hijo desaparecen de un día para otro y sus risas se quedan atrapadas en el eco de los recuerdos. Sin embargo, ahí están las madres, de pie en esa tierra endurecida por la violencia, con los nombres de sus hijos todavía vivos en los latidos de sus corazones. Se aferran a la memoria y la convierten en un impulso vital, porque, a pesar de que el dolor es inconmensurable, en cada lágrima se refleja también el anhelo de florecer.
En diversos rincones del mundo, con rostros cubiertos de llanto y miradas encendidas de una rabia justa, estas mujeres buscan la verdad y la justicia como si fueran semillas que deben sembrarse una y otra vez. Cuentan que despertaron un día sin los brazos que solían rodearlas; que el plato favorito de sus hijos se quedó servido y frío en la mesa; que, de un momento a otro, las luces de la casa se atenuaron. Ese vacío, tan feroz como la ausencia misma, se ha convertido en raíz para que crezcan nuevas exigencias de respeto y garantías de vida.
De sus testimonios brota la certeza de que la búsqueda no termina cuando se dicta una sentencia o se añade un nombre más a la interminable lista de víctimas. Su lucha constante se alza contra el olvido: reclaman la memoria para sus hijos y gritan sus nombres en plazas públicas, en marchas y vigilias. Reafirman que cada madre tiene el derecho de sostener una fotografía y decir: “Este era mi niño, esta era mi niña, y no debió morir así”. Cada palabra es un pétalo que se alza sobre el polvo.
Y es que, aunque el dolor cave surcos en el alma, aunque parezca que la tierra quedó yerma, las historias de estas madres demuestran que la vida, en su forma más obstinada, se abre paso. Con manos temblorosas pero decididas, siembran las semillas de la esperanza en el mismo terreno que la violencia quiso esterilizar.
Arrancan del asfalto las cruces pintadas y las convierten en ofrendas a la dignidad. Esparcen fe, ilusión y optimismo cuando excavan para buscar a los suyos.
Donde hubo gritos de horror, hoy se escuchan súplicas de justicia; donde alguien derramó sangre, ellas depositan flores que, contra todo pronóstico, crecen. Porque la muerte no tiene la última palabra cuando el amor de una madre rehúsa entregarse al silencio.
Que este año que inicia, las miles y miles de madres, abuelas, hermanas, padres que buscan sin descanso, encuentren la paz y el refugio que les ayude a contener su enorme pena.

