
Lo común
Roberto Monroy Álvarez *
Para quienes tienen que atenderse periódicamente en el Seguro Social, la bisagra que significa el fin y el principio de año es un infierno, un gran infierno burocrático. Al irse terminando el 2025, y siendo necesario programar las siguientes citas médicas, uno se topa con una barrera inquebrantable y a la vez increíble, que se puede resumir en una terrible frase: no hay agendas para el próximo año. Agendas físicas, no virtuales, no un programa digital, una plataforma o sistema operativo, sino un cuaderno, un simple cuaderno forrado a veces alegremente por las mismas enfermeras que atienden. En una época marcada por la revolución digital es increíble que el servicio médico se detenga por la falta de unos simples cuadernos, ni siquiera especializados. Mucho del personal que atiende hace lo que puede con la capacitación, órdenes y lógicas con las que cuentan, otros pareciera que tienen podrido el corazón. La violencia burocrática y la violencia institucional, que distintos análisis han señalado en experiencias extremas como los campos nazis o las desapariciones forzadas de Argentina, pueden fácilmente ser identificadas en las lógicas establecidas en las clínicas mexicanas. Como diría el sociólogo Javier Auyero, en Pacientes del Estado, la sala de espera en los hospitales públicos no es sino un dispositivo de control y orden social, un espacio de relaciones de poder. Este diciembre me tocó vivir ese infierno, me tocó ir a buscar una cita médica para el próximo año, me tocó formarme aproximadamente cinco horas para que al final me señalaran que ya no había citas, que volviera otro día. Pero no solo es el tiempo de la espera, sino la incertidumbre de la inexistencia de lógica alguna que ordene a quienes llegan buscando ayuda médica, los enfermos, los padeciendo. Las enfermeras y encargadas no organizan, sino que buscan que, de algún modo, al llegar a sus escritorios, la organización esté lista ya. Y si llegase haber algún descontento o alboroto en las filas, la entrega de citas se termina. Así es, por lo menos, en el pabellón de oncología, así es como tratan a las y los pacientes con cáncer. ¿Cómo entonces funciona el sistema sin que allí exista la mínima lógica de atención? Por las y los pacientes, familiares, que organizan a quienes van llegando, que informan, que anotan en cuadernos improvisados, en hojas sueltas pegadas a la pared. El servicio médico, nunca hay que olvidarlo, funciona gracias a la organización común, de los comunes. El EZLN recientemente ha puesto en discusión el término común para hacer énfasis en una organización no jerárquica, no privada, colectiva, comunitaria, como con los colectivos de búsqueda de desaparecidos o colectivas feministas. Es sorprenderse darse cuenta de que la organización social no es un programa por venir, sino una realidad que sostiene al Estado parasitario. Es lo que tenemos, y por lo que tenemos que seguir luchando.
* Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)


