Me quedan pocas cosas por las que siento apego. En 2014 me enamoré de un pedal de delay para guitarra que compré en Canadá, cuando salí a tocar por primera vez fuera del país. Aquel pedal no era un procesador de sonido —quiero decir que, en términos prácticos, sí lo era—, pero en realidad funcionaba como un trofeo: la prueba de haber llegado a otro territorio con un par de canciones propias en los bolsillos. Lo compré con mi primer sueldo después de tocar. 

Tiempo después, el pedal murió. Una de sus luces dejó de titilar. Dejó de producir el temblor que mantenía su cuerpo con vida. Ahora lo conservo en una especie de altar, junto a otros artefactos musicales que le dan sentido a mi vida. 

Si alguien me viera hablar con él, diría que estoy loco, y no lo culpo. 

Una vez escuché decir a Flea, el gran bajista de los Red Hot Chili Peppers, que cada noche, antes de salir al escenario, se arrodillaba y le pedía a Dios poder levantar el espíritu de las personas que habían asistido al concierto de esa noche. Flea, por Dios. Flea. 

Me vuela la cabeza el poder que tienen las personas para agregarle misticismo y magia a momentos así, o incluso a algo tan estéril como pelar un kiwi, cumplir años, o reunir la voluntad de levantarse de la cama mediante una promesa hecha a uno mismo, o a los seres que ama. Tal vez sea la única forma de conectar con lo divino. 

Más tarde, los años pasaron y llegué a Francia con muchas dificultades económicas. Estar en París es estar en la capital de la moda; la gente de ese lado del mundo le agrega a la estética un sentido particular que te deja fuera de juego. Una vez, en el metro, vi a un hombre afroamericano con un traje púrpura, un bastón de madera y un sombrero de bombín. Me pareció algo mágico y surrealista. Salí del metro y juré que tenía que comprarme algo de ropa, lo que fuera. Era una especie de presión silenciosa por vestir mejor, aunque había algo más detrás de eso. 

Me esforcé y encontré trabajo tocando en funerales franceses. No pagaban mal y, a veces, incluso derramaba una lágrima por los difuntos, por pura empatía. 

Salí de mi primer funeral con cincuenta euros en la bolsa y encontré una zapatería. Ahí compré unos zapatos color mostaza que se volvieron el quid de mi existencia. Con ellos me siento invencible, no por ser simples zapatos, sino porque gracias a ellos reuní la fuerza suficiente para seguir adelante. Con ellos he aprendido a navegar sobre la tierra, que no es poca cosa. 

Todas las ceremonias existen en la magia de nuestras manos: en un par de zapatos, en un pedal viejo, en Flea arrodillado rezando, o en la fuerza necesaria para salir de la cama y de la casa a enfrentar el mundo. 

Suena un poco loco, lo sé, pero no por eso voy a dejar de buscar unos zapatos mostaza que me harán grandioso esta noche. 

Andrés Uribe Carvajal