Reconstruir el cuerpo

Arturo González González *

Llegué al colectivo cuando vivía en Ciudad de México, durante la pandemia. Un día, de pronto, me vino un pensamiento a la cabeza “quiero que trabajes por los derechos de los muertos”. No sabía qué significaba eso. Al día siguiente un amigo me invitó a acompañarlo a recibir a un grupo de madres buscadoras que venían de Sonora. Pasamos todo el día con ellas. Sospecho que ahí nació una emoción difícil de explicar “yo creo que Dios me quiere trabajando con las madres buscadoras”. Por este pensamiento llegué al colectivo “Voz de los desaparecidos en Puebla”. Ocurrió en algún momento entre agosto y octubre de 2020, cuando me encontré con María Luisa, la fundadora del colectivo. Ella me veía con cierta desconfianza, tal vez pensando “y este cura qué quiere, de seguro ya viene a mandar”. En ese momento yo no sabía casi nada sobre la desaparición, aunque había trabajado antes en la búsqueda de migrantes desaparecidos centroamericanos, cuya situación es peor, porque muchas veces no tienen una familia que los busque en México. He aprendido mucho caminando junto a las madres buscadoras del colectivo, especialmente en torno al significado y sentido del acompañamiento. Hay un concepto teológico que nombra muy bien lo que hacemos, y es reconstruir el cuerpo de Cristo. En la Biblia, el cuerpo de Cristo no es sólo el cuerpo físico de Jesús, sino el conjunto de quienes forman su pueblo. San Pablo escribe que “si un miembro sufre, todos sufren con él”, porque ese cuerpo está hecho de muchos cuerpos, todos necesarios. Ha habido casos donde hemos encontrado a los familiares, hijos e hijas, y en ocasiones nos ha tocado armarlos, literalmente. De alguna manera, eso también es reconstruir el cuerpo de Cristo. Un pasaje bíblico que acompaña esta experiencia es Ezequiel 37:6, “Huesos voy a ser entre ustedes, voy a mandar entre ustedes el espíritu y ustedes volverán a la vida, voy a poner tendones en ustedes y volverán a cubrirlos de carne y de piel, pondré también el espíritu entre ustedes y volverán a la vida”. Esa es la esperanza. Queremos encontrarlos a todos y a todas con vida, pero cuando los encontramos sin vida, tenemos la confianza de que están en paz y en la casa del Padre. A mí me ha tocado acompañarlas en esos momentos difíciles, aunque también los hay divertidos, cuando bromeamos entre nosotros y nosotras. Eso es lo que me ha enseñado el colectivo: gracias a ellas me han hecho más humano, más hermano y un mejor pastor. Me han enseñado a caminar con ellas y nos hemos acompañado. Un cura que no acompaña a su pueblo entonces no es un cura de verdad, que no se deja afectar por su dolor y su esperanza, pierde la razón de su vocación.

* Colectivo Voz de los desaparecidos en Puebla. Transcripción Blanca Pedroza Hernández (LC/N)

Fotografía cortesía del autor.

La Jornada Morelos