

Qué será de lo contemporáneo en 2026
Partamos del color del año: cloud dancer, un tono claro, aparentemente neutro pero siempre político. “Un blanco sublime que sirve como símbolo de influencia calmante en una sociedad que redescubre el valor de la reflexión calmada”, se lee en la página oficial de Pantone, ¿por qué nos interesaría una tonalidad con estas características en un mundo que nos exige justamente lo contrario? Atender la diferencia e insistir en la pluralidad, por ejemplo. En el contexto del arte contemporáneo en México este 2026 se percibe, en general, un giro un tanto conservador que se manifiesta como una suerte de reconfiguración silenciosa de valores, prácticas y expectativas dentro del sistema artístico. Específicamente en el caso de los museos nacionales, la agenda de exposiciones se encamina hacia lo seguro y lo conocido, priorizando lo moderno sobre lo contemporáneo.
Y en este sentido, parece que hay una lógica de estabilización estética, económica e institucional que atraviesa, naturalmente, la producción, exhibición y circulación de la obra en los circuitos que conocemos. Quizá aquí hay un primer criterio a considerar, ¿cómo elegimos los espacios en los que vemos arte contemporáneo y qué nos interesa de él? Desde hace un par de años se ha consolidado una agenda económica, especialmente en las galerías, en donde el discurso contemporáneo se subordina a una forma estable, fácilmente asimilable por el espectador y por el mercado. Algo así como lo decorativo sobre lo propositivo… al menos así se percibió en las propuestas de ZsONA MACO en 2025 y muy probablemente sucederá en la edición de este año.
Es sabido que el mercado del arte funciona como una fuerza reguladora de lo que vale la pena ver y seguir a lo largo del año, por eso la expansión del coleccionismo y la profesionalización de las ferias ha generado un gusto compartido que se traduce en obras complacientes, vendibles y transportables que protegen el valor simbólico y financiero del arte. A la par, muchas prácticas artísticas que antes se percibían como disruptivas han entrado en los marcos institucionales donde, desafortunadamente, convierten la denuncia o el arte político en algo simbólico, casi representativo sin que esto signifique una ruptura en el discurso, sino al contrario, que se vuelvan obras que hablan de urgencias sociales desde marcos perfectamente acotados.
Esto también se percibe en la actitud de lxs artistas más jóvenes, recién egresadxs de las carreras o cuyas prácticas artísticas están en proceso de desarrollo pues parecen estar más interesadxs (o preocupadxs) en construir un cuerpo de obra con proyección de venta –con una estética asimilable o en formatos de galerías– que, en un proyecto más amplio, en donde puedan desarrollar investigaciones de largo aliento y correr riesgos. Esto se traduce en una clara conciencia de las reglas del sistema en donde la obra se piensa como parte de una estructura y no como una interrupción del discurso, lo cual no implica necesariamente la falta de pensamiento crítico ni mucho menos sino un desplazamiento del riesgo: el ejercicio está en la gestión de la visibilidad y la supervivencia profesional antes que explorar las posibilidades de la obra.

Con estas reflexiones no quiero caer en la nostalgia del pasado, en decir que lo contemporáneo de los 90 fue el mejor momento del arte ni mucho menos, cada época ha tenido lo suyo y somos muy afortunadxs de mirar los cambios de estos últimos treinta años, pero es una realidad que debemos permanecer críticxs y creativxs ante el devenir de nuestra sociedad contemporánea para evitar que las diferencias se ordenen y se neutralicen. Elijamos colores que sean todo menos neutros, que la aparente calma cotidiana no se traduzca en indiferencia colectiva.
*María Olivera. Subdirectora de Investigación del MMAC y crítica de arte.

Imagen cortesía de la autora

