

Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)
Muerte Súbita
B.Z.
“Había aprendido que no hay que preocuparse por el destino porque tiene un solo derrotero y es el fracaso: nunca nada es suficiente para nadie.”
-Álvaro Enrigue
Encontraron el cuerpo de K dos meses después de su desaparición en una fosa común. Tenía 17 años y llevaba internado en anexos desde los 12. Su padrastro, un miembro conocido de la comunidad de AA, fue a reconocer el cadáver. K fue el primero (y lamentablemente no el último) de una serie de jóvenes que, junto conmigo, compartieron las “salas de terapia”, como se les conoce a los grupos en el argot de alcohólicos anónimos, y que murieron de formas violentas o terminaron en la cárcel. Mataron a K por una deuda de drogas -le había robado dos mil pesos de cristal a un dealer de la estación- y lo asesinaron a sangre fría la noche del 24 de diciembre. Pudo ser reconocido gracias a un tatuaje de la santa muerte que tenía en el antebrazo izquierdo. A veces me pregunto si lo que K necesitaba era la brutalidad de los anexos o la convicción de su padrastro de que dichos establecimientos iban a poder ayudarlo. Compartimos media centena de reuniones en grupo e incluso teníamos un equipo de fútbol los sábados. A K, como al resto de nosotros, le costaba mucho trabajo mantenerse limpio, y cada reincidencia suya estaba marcada por nexos con el narcotráfico. Nuestras realidades eran muy distintas, en aquel tiempo yo cursaba la universidad y tenía un trabajo de profesor a tiempo parcial, y él deambulaba por los andadores del mercado vendiendo dulces -y moviendo droga-. Me da vergüenza reconocer que en la mayoría de los casos poder mantenerse limpio también es un asunto de clase. Su padrastro, que hoy funge como consejero en adicciones en clínicas y anexos, tuvo la intención -o el cinismo- de velarlo con el féretro abierto en una junta improvisada de AA en uno de los patios de la estación, donde K vivía y donde fue asesinado. Grabó la sesión en un evento de Facebook live, para que los miembros de la comunidad compartiéramos el dolor (o el morbo). Me parece curioso que su padrastro, que hoy se ostenta como profesional de las adicciones, no haya podido ayudar a su propio hijo. Hoy, mientras escribo estas líneas me pregunto si todo este asunto de Alcohólicos Anónimos no es más que un mal sueño, y a veces lo es.


Fotografía cortesía del autor.

