

La política mexicana no está en crisis, está exactamente como siempre ha estado. No enfrentamos una amenaza a la democracia, sino un sistema funcionando tal como cabe esperar de él: un mal sistema, sí, pero uno que opera eficientemente.
Aunque es innegable que MORENA, al igual que sus predecesores, está plagado de prácticas deplorables, desde la colusión con el crimen organizado hasta las fortunas inexplicables de la familia López Obrador, el problema con sus críticos es que los más feroces se niegan a ver sus propias contradicciones. Aquellos que asistieron a la marcha convocada por la alcaldesa de Miguel Hidalgo para denunciar el “autoritarismo” de MORENA también ondeaban banderas del PAN, el mismo partido que causo miles de muertes en una guerra contra las drogas que no resolvió nada. Por otro lado, también están quienes promueven la posible candidatura de Ricardo Salinas Pliego, multimillonario que encarna la oligarquía nacional y cuya trayectoria jamás ha reflejado un interés por alguien más que por sí mismo, eso ignorando las acusaciones de evasión fiscal y maltrato laboral.
Y no, esto no implica una defensa de MORENA mucho menos de López Obrador. Todo en la política mexicana está igualmente podrido, y el hecho de que tantos se niegan a reconocerlo revela lo difícil que resulta aceptar que los que estuvieron antes, los que gobiernan hoy y los que vendrán son, en esencia, los mismos (si no es que son literalmente los mismos como con el éxodo del PRI a MORENA). No existen políticos buenos ni malos por naturaleza; existen un sistema que moldea comportamientos, incentivan vicios y castigan la integridad.
El PRI bajo Alejandro Moreno, es prueba viviente de ello. Moreno ha convertido al partido más antiguo del país (cosa que me parece personalmente indignante) en un feudo personal, dedicado al enriquecimiento propio, a la expulsión de cualquier disidencia interna y además lo ha llevado al fracaso electoral más humillante de su historia. El PAN, que alguna vez prometió un cambio real, dejo un legado de militarización,corrupción y agotamiento ideológico. Aunque figuras de ambos señalan los impulsos autoritarios de MORENA, sus propias trayectorias narran una historia paralela de saqueo e impunidad: nuevo logo, mismo gobierno. Mientras tanto, la fascinación popular por los “outsiders”, especialmente magnates que prometen gobernar como empresarios eficientes, no hace sino garantizar otra vuelta de plutocracia y clientelismo.
Este patrón no es un error del sistema, sino su rasgo definitorio. Después de décadas de clientelismo, precariedad educativa e instituciones débiles, la ciudadanía mexicana ha normalizado la resignación política. Cometemos un error al enfocarnos en el villano del momento, convencidos de que derrocar al régimen actual traerá consigo la anhelada democracia. Es un cuento cómodo, pero falso. La democracia exige instituciones sólidas: tribunales independientes, organismos de control efectivos, educación crítica que forme ciudadanía activa (y aun cumpliendo con todos los aspectos institucionales eso no te garantiza una ciudadanía cívicamente activa). En México, nada de esto existe. En lugar de enfrentar esa realidad, muchos prefieren la ilusión de una gran cruzada contra un único autócrata, les es mucho más fácil culpar a un presidente o a un partido que aceptar que nunca hemos tenido una democracia funcional. La competencia electoral no erradicó la corrupción; simplemente la repartió con mayor eficiencia.
El problema no son solo nuestros pésimos líderes, sino una sociedad que, por abandono o necesidad, ha renunciado a las condiciones esenciales para una democracia real. Cuando no existen incentivos para la participación cívica, cuando la educación no enseña a ejercer el pensamiento crítico y cuando la oposición está más enfocada en “ganar la siguiente” que en construir principios, la política se define por la acusación constante y la autoindulgencia moral, donde culpar al partido en turno es la única forma de crítica de la que somos capaces.


