CADUCIDAD

 

Rosalba regresó a la casa familiar después de una relación fracasada más. En este último intento de casarse, su novio le pidió irse con lo puesto argumentando que lo demás le pertenecía por derecho, sin precisar a qué tipo de derecho se refería. Entonces, Rosalba no empacó nada, tampoco alegó. Ya perdí tiempo suficiente, pensó en sus adentros. Ella regresó después de tres años, sola, en una casa vacía, puesto que sus familiares habían fallecido uno tras el otro como fichas de dominó entre paros cardiacos y diabetes. Pasados unos días en lamentos, se dio a la tarea de llevar a cabo un recuento tedioso, al igual que esta nueva versión de su vida.

Encontró primero unas fotos nostálgicas adentro de un baúl que contaban las etapas de la vida de sus padres y un poco de la suya, ropa de su adolescencia, testigo de otras modas, que le vino muy al caso y también objetos que podrían reciclarse. Al final, revisó la despensa. En la alacena se encontraban alimentos perecederos que descartó, así como sal, azúcar, miel, arroz, frijoles, vinagre, alimentos que no tienen fecha de caducidad. Empezó a imaginar recetas para usar estos ingredientes y sobre todo no ir al supermercado para no encontrarse con nadie conocido. Rosalba no podía dejar de pensar en un testamento que había encontrado al fondo del baúl de las fotos. Este documento revocaría el anterior. No entendió el contenido de algunas cláusulas, pero se sintió de nuevo vulnerable, aquel estado que la llevaba a cometer errores o a tomar decisiones precipitadas.

Posteriormente a un examen minucioso ante el espejo y a falta de agencias matrimoniales, ya extintas, Rosalba se puso la mejor blusa que encontró en el clóset de las fiestas adolescentes, sacó una selfie y decidió escribir un anuncio preciso para casarse, considerando que su capital de belleza todavía le podía servir. Pronto cumpliría cuarenta, pero en el anuncio se quitó cinco años. Cuando fuera a llegar la petición de mano, encontraría una solución para explicar el detalle de la edad o alegar que se trataba de un error. Busco hombre, cuyos ingresos asciendan, como mínimo a quinientos mil dólares al año. Mi belleza vale eso y más. Las respuestas, cuantiosas, fueron de contenido diverso, aunque ninguna cumplía las expectativas de Rosalba al pie de la letra. Querida bella dama: su búsqueda de Nasdaq sentimental parece publicidad barata, misma que por cierto carece de garantía de transparencia de tipo: satisfecho o le regresamos su dinero. Dulce dama: su belleza caducará mientras que mis ingresos seguirán subiendo. No es usted una buena inversión para mí, lo siento. Bella dama, busco una acompañante para mis viajes en el extranjero, gastos cubiertos. El contrato es por cinco años, porque transcurrido ese tiempo, tendré que cambiar de escort debido a que su estado actual de belleza habrá caducado y no podré más sufragar los gastos estéticos. Rosalba no se desanimó. En la guerra y en el amor, todo se vale y estos millonarios, pretendían mediante sus desconsiderados mensajes, vencerla, pero eso sí que no iba a suceder. No ahora cuando más lo necesitaba. No sabía por dónde empezar. Pero durante esta noche, elaboró una estrategia infalible para encontrar el hombre que no la iba a dejar nunca. Por razones que ustedes entenderán, dicho plan no se comunica al público puesto que acabaría con las problemáticas relacionadas con la mayoría, debido de las relaciones sentimentales.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX