

Arqueología
Miguel Ángel Martínez Martínez
Laboratorio de Filosofía Forense, BUAP
El 2 de febrero de 2024, en Palmar de Bravo, Puebla, se localizó una fosa clandestina en un predio rural, uno marcado por la aridez, el abandono y, paradójicamente, por su proximidad al paso de autopistas. Precisamente el hallazgo tuvo lugar en un terreno atravesado por una de esas carreteras en construcción; como en muchos escenarios, el paisaje englobaba tanto el ocultamiento como la exposición de los cuerpos. La brecha arenosa, con pinceladas de maleza sostiene una tensión visible. “Desde aquella casa azul los están vigilando”, decía un testigo que informó del punto. En medio de un paisaje normalizado, una grieta ontológica volvía abrirse. Un hueco en la superficie encierra el resto de una vida y de la muerte, simultáneamente. Bajo la tierra removida se encuentra lo que alguna vez fue algún miembro del mundo común; allí yace sin nombre, sin rito, como resto de la soberanía tecnológica del daño. En torno a esa grieta, mujeres y hombres del colectivo Voz de los Desaparecidos en Puebla aguardan con palas y picos en mano. No hay protocolo litúrgico, solo presencia doliente. Algunos cubrebocas, agua, voluntad y cansancio se comparten entre quienes acuden como archivo vivo para custodiar rostros desoídos, cuerpos fragmentados y ultrajados. No exigen justicia divina, más bien se requiere entierro digno y verdad palpable. En la fosa, manos cubiertas de tierra, huesos y basura visible aparecen (la basura parece ser una constante en las fosas). Después de escarbar, aparecen también un cráneo, ropa, calzado, trazos de una urgencia vital: reclamar presencia en el mundo, aunque sea fragmentada. Lo fragmentario no silencia, insiste. La fosa se muestra como archivo invertido que reescribe. El gesto de remover articula lo que fue ocultado con la exigencia de reconocimiento. La búsqueda encarna una praxis ontoarqueológica, un método de archivo situado que emerge desde la herida abierta, el fragmento corporal y la agencia comunitaria. A diferencia de la lógica archivística institucional, centrada en la legalidad y en el control de los documentos, aquí el acto de archivar nace de la vulnerabilidad, de los cuerpos que buscan, que interrogan la tierra sin los saberes hegemónicos del peritaje, pero con la autoridad del cuidado de memorias rotas. Estos cuerpos actúan como agentes de contraarchivo, no almacenan datos, reescriben la trayectoria del ultrajado, del desaparecido. Ahí se articula una temporalidad doliente, distinta al tiempo burocrático; es un tiempo detenido por el duelo, donde la urgencia no es jurídica, sino de restauración del mundo. La filosofía, entonces, desciende a la zanja para custodiar el clamor de los restos, para cuidar su inscripción contra el olvido y para interrumpir el silencio que el archivo oficial pretende mantener.

Fotografía cortesía del autor

