CIVILIDAD

 

Griselda soltó una de sus manos del tubo metálico horizontal para dejar el paso a los dos pasajeros que se estaban alistando para bajar en la siguiente parada. Afortunadamente, ella se encontraba enfrente de los asientos a punto de quedar libres. Fue amplio su suspiro de alivio en ese momento. Escogió mentalmente el lugar junto a la ventana para poder disfrutar del ambiente urbano bajando al centro y se empezó a alegrar, puesto que iba a hacer el recorrido, sentada. Su regocijo se transformó en espacio de segundos en un sentimiento de estupefacción mezclada con enojo creciente todavía contenido. Tal una víbora ágil, una chica se contorsionó para meterse entre los brazos alzados de Griselda, corriendo el riesgo de hacerla caer, seguida por la segunda chica, ambas pretendiéndose apropiar de los dos lugares. Petrificada por tanta osadía, descortesía y falta de educación, mil palabras que se atropellaban en la boca de Griselda salieron sintetizadas cuando se inclinó para agradecerles sarcásticamente tan delicada atención hacia su persona, pasajera designada para ocupar uno de los asientos. Las dos entrometidas fingieron no haber escuchado el gracias sonoro que Griselda les propinó. Uñas pintadas a la perfección, cabelleras alisadas como si lo hubieran perfeccionado en el salón de clase antes de salir, las jóvenes no se movieron durante el trayecto. Recordando una y otra vez su indudable pericia en instalarse sin poder impedirlo, Griselda pensó que ésta no era a su primera fechoría. Conscientes o no de su desfachatez, las niñas de edad adulta tampoco cruzaron palabras entre ellas, sino que conversaron mediante mensajes usando sus prótesis digitales. Se sacaron algunas fotos. Agregaron filtros y diseños preestablecidos para seguir alimentando su ego digital antes de publicarlas. No aprovecharon los momentos de vida que desfilaban por la ventana, ausentes, perdidas en su mundo alternativo que Griselda no deseaba compartir ni ahora ni nunca. Decidió atribuirles nombres ficticios: Daenerys era la chica suéter blanco y Arya era la de la chamarra negra, en referencia a la serie de fantasía medieval Juego de Tronos, misma que había dejado de ver por su problema recurrente de ritmo. Más adelante, se enteró de las acérrimas criticas respecto al final de la serie que se perdió a sí misma cuando exigió a sus espectadores que elevaran la suspensión de la incredulidad por encima de lo aceptable para llegar a donde tenía que llegar.

Griselda imaginó que Daenerys y Arya, pasajeras de la ruta, hacían apuestas antes de subirse al transporte consistentes en causar el máximo estorbo con el fin de reírse luego entre ellas del desamparo de los afectados.

Llegó el momento de bajar. Con la misma destreza, las villanas lograron extirparse de sus asientos una tras la otra, dando muestra de una perfecta sincronicidad de movimientos. Griselda hubiera querido detener el paso, pero la cantidad de pasajeros a bordo lo impidió. ¿Hasta dónde serían capaces de llegar en la vida real aquellas imprudentes ciudadanas? Ella prefirió no aventurarse en predecir tan azarosos destinos.

Griselda llegó a casa todavía temblorosa. El camino zigzagueante de pie en la ruta durante un recorrido más atropellado que de costumbre por la feria de la ciudad se había tornado esta tarde en un absoluto tormento casi eterno de una hora.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX