Ruinas I

Roberto Monroy Álvarez

Los lugares de la memoria –como Pierre Nora les llamaba– implican no solo un punto geográfico, sino también una situación política. La memoria no solo es la que elaboran las víctimas cuando estas se erigen contra fuerzas del olvido, sino también es un recurso utilizado, ya sea por fuerzas progresistas que liberan cierto espectro del pasado, ya sea por otras que institucionalizan un pasado. O por lo menos eso dice la teoría. Lo cierto es que los monumentos, como a su vez puntualizaría Nietzsche, parecen ser dispositivos que imponen una memoria bajo una agenda, sin crítica, sin redención. La variedad de museos sobre memoria y tolerancia son ejemplo de ello, puesto que, consciente o inconscientemente, imponen una narrativa, a veces olvidando genocidios importantes, como el que hoy padece el pueblo palestino a manos del Estado de Israel. A veces, los museos se transforman en espacios de testimonio viviente, como es el caso de la EX-ESMA en Argentina, olvidados hoy a su vez por una política estatal comprometida solo con cierto progreso. Por otro lado, existe la memoria impulsada desde abajo, aquella que modifican radicalmente los lugares de violencia en memoriales que elaboran el duelo. Como el Memoria de Víctimas de Baja California, u otros espacios intervenidos, no sanados, sino transformados en memorias afirmativas. Sin embargo, no todos tienen tremenda suerte. Hace un par de años, algunos colegas y yo visitamos las fosas comunes clandestinas de Tetelcingo. Realmente estas nunca fueron clandestinas, porque eran propiedad del Estado. Aunque sí lo fueron, en tanto su utilizaron una violencia clandestina. Llegar al cementerio de Tetelcingo fue una hazaña. Debido a las lluvias, el camino principal que nos mostraba el navegador casi hacía imposible el paso. Al llegar al cementerio, estacionamos al lado de una casa construida con materiales “reciclados”. Allí preguntamos dónde estaban lo que resta de las fosas. Nos dijeron que siguiéramos un camino que parecía llevar a un laberinto de maizales. Regresamos y retomamos, nos volvimos a perder. Por fin descubrimos que las fosas comunes clandestinas estaban justo al lado de donde habíamos estacionado, al lado de las paredes de plástico de botellas. Las fosas, lo que quedaba de ellas si cabe aun la expresión, eran unos cuadrados grises, cuya apariencia asemejaba una obra negra en una construcción, sin letreros, sin marcas que pidieran recordar. Es como si el problema de su hallazgo, una vez removidos los cuerpos, ya no fuera problema. Sus ruinas se erigen, hoy, en los márgenes, al lado de la basura, como sugiriendo una relación de continuidad entre lo marginado, lo olvidado y lo desechable.

Fotografía cortesía del autor.

La Jornada Morelos