Dilucidación

 

“Las vidas de mujeres independientes en nuestra época ultramoderna, simple y llanamente, me causan terror”. El comentario de Anabel explotó como bomba en pleno desayuno de las madres convidadas en ese día de regreso a clases. Lo que ocurrió a continuación fue un tiempo de concentración exacerbado en la preparación individual de los cafés capuchinos, ordenados apenas habiendo tomado sus asientos debajo de la sombrilla más amplia del jardín de “La manzana verde”. María Fernanda pidió endulzante para el suyo, Ángela solicitó más canela y Griselda devolvió su café a la mitad por llevar leche normal en vez de deslactosada. Cinthia, en cambio, permaneció ecuánime y lo tomó a sorbos. “Yo no me imagino hacerme cargo de mí misma, trabajar y, teniendo un hijo, menos”, argumentó Anabel.

Queriendo difuminar el silencio lleno de culpa, remordimiento, miedo u otras emociones escondidas, Griselda propuso cambiar de tema: “Vamos a organizar nuestras salidas mientras los niños están en la escuela. Sugiero que nos reunamos…” Ángela la interrumpió: “El lunes tengo pilates”. María Fernanda añadió: “el martes es mi mañana de cuidar a los empleados: viene el alberquero, la cocinera y el chico del mantenimiento porque siempre se ofrece algo que componer”. Anabel intervino: los miércoles, voy con la costurera para que me arregle la ropa porque los gramitos que subí la Navidad pasada, simplemente no se van. Y bueno, termino agotada de tanto probarme la ropa”. Griselda terminó la ronda diciendo que los jueves ella jugaba tenis y luego tenía que ir al supermercado porque nadie más se prestaba en casa para cumplir con esa tarea. Ni Rosa ni Cinthia quisieron hablar, la una por estar en videollamada con su prima argentina y la otra por estar contestando emails al por mayor. La mesera sirvió los platillos: huevos benedictinos para unas, pochés para las demás, poniendo ahora los chismes en el centro de la mesa.

Rosa, divorciada recientemente, estaba esperando la llegada de un príncipe azul de segunda mano. Por tu edad, amiguita, va a ser imposible conseguir un soltero, a menos que viva con su madre, lo cual acarrea muchas complicaciones, aseguraba Julieta. María Fernanda opinó que la decisión correcta hubiera sido no separarse de tan buen partido como José Ángel, un gran emprendedor dedicado al negocio de los coches y de otros más de los cuales no se sabía tanto. Rosa le recordó que el motivo de la separación había sido que él se había ido a vivir con su asistente personal cuando la mujer dio a luz al hijo de ambos. A Ángela, le entró pánico porque su esposo solía ausentarse varios fines de semana al año con motivo de seminarios programados a última hora.

De pronto, Cinthia pidió la cuenta, se levantó, despidiéndose con un gesto de la mano.

“¡Qué mujer tan poco empática!” alegó Griselda. “No la volveré a invitar”. La mesera se acercó. “Ustedes no conocen a la señora Martín. Ella es abogada, cuida de sus padres ancianos y educa a sus dos chicos sola porque su esposo la dejó”.

“¡No les digo que trabajar es peligroso!” alegó Julieta. Las mujeres, incluyendo Anabel, pidieron entonces una malteada para olvidarse de tanto pensar y acordaron programar un segundo desayuno para llevar a cabo el programa de actividades.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX