El peso invisible de lo duradero

Cristo Contel*

En la era del streaming todo parece medirse por lo inmediato: un ejemplo claro les ocurre a los músicos en Spotify: “son tan buenos como su último mes”. Vivimos en un tiempo digital donde el algoritmo no recuerda los años de trabajo ni la coherencia de un trayecto: solo importan los clics recientes. Y, sin embargo, ¿cuánto de esa lógica hemos dejado que se filtre en la manera en que vivimos, creamos y hasta en cómo se valora el arte?

Perseguir el éxito bajo esa lupa instantánea es peligroso. Puedes terminar moldeándote más por la ansiedad de “ser vigente” que por la fidelidad a una búsqueda genuina. Lo he visto de primera mano: primero como artista en la creación, como tallerista en comunidades en contextos de violencia estructural y en población privada de la libertad, y también como gestor al frente de una galería independiente y, ahora, como director de un museo que articula exposiciones, ofrece investigación, comparte conocimiento y, al mismo tiempo, genera comunidad, educación y paz. En cada etapa la relación es distinta, pero la pregunta constante es: ¿hasta qué punto las decisiones que tomamos en nombre de la “estabilidad” nos van transformando en otra persona?

Las decisiones que tomamos moldean el carácter, justifican actos y definen vínculos. Cuando olvidamos nuestros procesos y pasos diarios, y fijamos la mirada sólo en una meta final, corremos el riesgo de esclavizarnos a nuestras propias ambiciones.

He conocido artistas que pusieron toda su obsesión en la meta final: desde lo sexual hasta lo filosófico, desde lo íntimo hasta lo histórico. Algunos sublimaron sus heridas, otros quedaron atrapados en ellas. Pero también está el otro extremo: la urgencia de exhibir constantemente, de comunicar todo como si cada obra tuviera que ser el gran acontecimiento. Ese impulso, lejos de fortalecer, suele desgastar con rapidez y, en pocos años, lleva a muchos a abandonar lo que juraban sería su camino para siempre. Lo mismo ocurre con los proyectos culturales: lo que se propone no es solo un programa, sino una visión de mundo. Tal vez por eso pienso en la idea de “sólo por hoy”, esa práctica de los grupos de AA: no todo tiene que resolverse en la meta final ni en la exposición inmediata, sino en la constancia de un presente que se sostiene día a día.

Ahí está el reto de cada proyecto exitoso: saber cuándo dar un paso al frente y cuándo quedarse un paso atrás de los reflectores. No por falta de ambición, sino porque lo colectivo suele ser más importante que lo individual. También hay que aprender a apostar por proyectos de largo aliento, al final, lo que perdura es aquello que se piensa desde una siembra profunda que sólo revela su fruto con paciencia. Apostar por esos proyectos de tiro largo es, quizás, el mayor desafío en tiempos de urgencia: aquellos que no se consumen en la inmediatez, sino que maduran con el tiempo y sostienen su sentido más allá de la moda o la coyuntura. A veces me preguntan si lo que me ha pasado es “suerte”: que cada proyecto en el que participo parece consolidarse. Yo creo, más bien se trata de un ojo entrenado. Ese ojo entre cerebro y mano para afinar, para distinguir lo que puede germinar de lo que no, es un talento tan preciso como un astrónomo que mide estrellas. No lo da la escuela: lo dan la vida, la sensibilidad, los errores cometidos y corregidos.

Esa diferencia es la que separa la creación de la crítica vacía. Mucha gente cree que es fácil hacer las cosas cuando ya están hechas: siempre hay quien señala lo que falta, lo que está mal, lo que “yo hubiera hecho distinto”. Pero proponer, levantar y sostener en el tiempo exige otra valentía. No es lo mismo opinar sobre un museo que dirigirlo, hablar de una galería que sostenerla, o criticar un festival que armarlo desde cero.

Por eso me interesa insistir en que el éxito no puede reducirse a rankings, presupuestos o tendencias. Lo que realmente importa es la capacidad de escucharte a ti mismo, de atender a tu equipo y de conectar con la comunidad, de no rendirse al canto de lo comercial o de lo fácil; es necesario sostener pensamientos y proyectos, donde todavía se pueda pensar, contemplar y disentir. El arte, al final, no está al servicio del capital ni tampoco para saciar ansiedades de fama, sino para recordarnos que existe otra medida del valor: la que se construye con paciencia, con mirada crítica y sensible y con un compromiso que no se mide en algoritmos.

*Cristo Contel Director del MMAC y Artista.

Imagen cortesía del autor

La Jornada Morelos