Donde el aire quema

Dianyluz Xejemely Molina Vicente*

El suelo no se movía, pero algo allá abajo estaba vivo. Lo sentí antes de ver cualquier señal. Era un olor áspero, denso, como si el aire hubiera pasado por una fábrica podrida antes de llegar a mis pulmones. Me encontraba en la ex-mina de Tezontepec, en Jiutepec un terreno olvidado que durante años sirvió como basurero clandestino. Allí la tierra parece quieta, casi inofensiva, pero no. Al poco rato de llegar, comencé a sentir una punzada insistente en la cabeza, producto del humo denso en la garganta que no me dejaba tragar saliva. El aire tenía algo que mi cuerpo rechazaba. Era como si cada respiración trajera consigo una advertencia muda, tan muda que parecía que no pasaba nada, pero algo me decía que sí. El calor, la textura del viento, el silencio: todo era distinto ahí. Nos recibieron los vecinos y entre ellos Doña Celia, una mujer de rostro endurecido por los días. Nos habló desde su patio, ese donde la tranquilidad se quebró hace tiempo. Fue un primero de abril de 2023 cuando todo comenzó. Entre los montones de desechos de fábricas y colonias vecinas, algo se encendió en dentro de la ex-mina que clandestinamente se había vuelto en un basurero y no volvió a apagarse. Las autoridades llegaron, dijeron que era un problema menor y que en unos días estaría controlado. Pero esos días se volvieron años. El fuego sigue ahí, lento y profundo, como una herida que nadie quiere mirar. Las autoridades no regresaron. La dueña del terreno guarda silencio. Y los vecinos siguen esperando respuestas que nadie está dispuesto a dar. “Nos dicen que estamos locos” nos dijo doña Celia, “que no hay incendio, que no pasa nada, pero ustedes lo huelen, ¿no?” Y sí, lo olíamos. Era un olor como al “juguito” del fondo del bote de basura: una mezcla de todos los desperdicios cotidianos. La desesperación en su voz no necesitaba gritos. Vivía en cada pausa, en cada palabra que se escapaba como exhalación cansada. Doña Celia y sus vecinos llevan años respirando gases que no comprenden, viendo morir árboles, ver grietas donde antes había tierra firme. Familias que abandonan sus casas porque el lugar ya no es habitable. Y cuando piden ayuda, reciben burlas o indiferencias. “Queremos aire limpio, nada más”, murmuró alguien. Me di cuenta que lo que pedían era lo más básico, lo indispensable, pero parecía también lo más inalcanzable. Al irme, el dolor de cabeza seguía. Me lo llevé como una muestra, un recordatorio de que, bajo la tierra de Tezontepec, el fuego sigue. Y sobre ella también arde algo más difícil de apagar: la frustración de una comunidad que grita sin que nadie escuche. Porque a veces el infierno no está abajo, sino en la forma en que se les niega a los vivos el derecho a respirar.

*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Basurero humeante de Tezontepec. Fotografía cortesía de la autora.

La Jornada Morelos