INTUICION



Constanza tenía su confianza depositada en Leo en cuanto a trayectos en carretera se tratase. Fueron varias idas y vueltas sin importar el horario diurno o nocturno, en el que manejara Leo y Constanza asumía el papel de copiloto, redireccionando Waze, checando que no se pasaran de la salida señalada, charlando para mantener a Leo alerta en el tráfico y prendiendo sus cigarros. Eso sí que era complicado para una no fumadora. Llegaban al lugar de la recepción juntos hasta la puerta de la entrada. A partir de ese punto, se separaban para socializar cada uno con los invitados a la recepción. Regresaban unas horas después con la alegría de haber saludado, conversado, botaneado y tomado una copa de vino, sano y salvo cada uno en su hogar de destino. En suma, unas historias que no revestían la menor importancia, ni siquiera para ser contadas. No obstante, se presentó durante un evento, un lugar y unas personas distintas, un día que bien merece ser contado.

Afterwork de fin de año. Diez de la noche. Los invitados empiezan a retirarse. La música dejó de sonar hace apanas unos minutos. Quedan migajones de los bocadillos en los platos. Los meseros guardan las botellas de alcohol. Un hombre jala a Constanza del brazo. Ella voltea, intrigada por el gesto. “¿Usted va a conducir?” Constanza le contesta por la negativa. Agrega que lleva años sin manejar un coche. Invadida de pronto por la pregunta preocupante hacía el hombre que había estado charlando con Leo. Le externa de golpe, temiendo de antemano la respuesta que tampoco podía eludir: “¿Cuánto o tomó?” El hombre afirma que mientras estaban conversando, habían sido al menos seis shots de Tequila precedidos por dos copas de vino tinto. ¿Entonces, no está en condiciones de tomar el volante?, preguntó Constanza mientras Leo se dirigía hacia su coche.

“¿Confías en mí?” Constanza no contestó. Leo reiteró su pregunta con la misma firmeza en la voz, impasible. “No tengo otra opción. Vamos a ir despacio” replicó Constanza impulsada por una intuición inexplicable que la reconfortaba con una frasecita interna que le repetía que todo iba a estar bien. Antes de tomar la carretera, Leo se pasó dos altos pretextando el tráfico que no avanzaba, y subió el coche a un camellón. Constanza activó Waze, le prendió un cigarro y le pidió no soltar la vista del periférico. En su función de copiloto aumentada por la situación de riesgo, Constanza experimentó un regreso en suspenso supeditado a su intuición, su ángel de la guarda, la autopista despejada de vehículos por la hora tardía y unos cuantos ingredientes entre los cuales varios de naturaleza inexplicable.

Leo emprendió un relato de su vida de millonario fallido por causas, según él, externas a su voluntad. Constanza aprovechó el hilo del monólogo para encausarlo hacia un escenario que ocupó a Leo durante todo el camino. “¿Qué harías si tuvieras ahora mismo esos millones que dices no te tocaron en la vida?” Constanza observó el estado de concentración recobrado del conductor del vehículo. Respiró. La autopista iluminada por miles de focos como si fuera la Vía Láctea, tenía que permanecer plácida.

Leo no evadió ninguno de los topes al entrar en la zona conurbada de llegada. Gritó en cada uno. Constanza no habló hasta bajar del coche, entrar a su casa y caer rendida en los brazos de Morfeo, segura.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX