

POLEMICA
No lleva ni un día colocado el monumento frente a Palacio de Gobierno, que ya desapareció el sombrero y el machete del generalísimo, publicó Pablo Arista, un usuario digital aportando como prueba una foto de la estatua de Emiliano Zapata enseñando cabellera, mano y rostro despojado de su legendario bigote. Los comentarios arremetieron con acostumbrada verborrea en contra de la imperdonable delincuencia, de la ineficacia gubernamental, sin olvidar mencionar la falta de vergüenza por haberse apropiado partes de la estatua simbólica, haciendo la recomendación de buscar los mencionados objetos de bronce en las casas de empeño del centro de la ciudad. Horas después, Pablo quedó sorprendido esperando la perspicacia de sus lectores. Algunos aseguraron que el delito se había perpetrado por la mañana, puesto que al pasar frente al monumento unas horas antes, la estatua lucía intacta. Lo más cercano a la verdad, fue la intervención digital que preguntaba si las partes de la estatua de cinco toneladas estaban pegadas. Lo cierto es que nadie felicitó al autor de la foto por su talento de fotomontaje.
A Pablo, siempre le fascinó la historia del Caudillo del Sur. Prestó atención desde joven a las andanzas históricas de Emiliano. Leyó varios libros sobre el tema y aunque con el paso del tiempo no se convirtió en historiador, sino en periodista con especialidad en fotografía, se acercó, más recientemente, A la historia de su versión esculpida debido el número inusual de mudanzas realizadas posteriormente a su instalación en la entrada norte de Cuernavaca, prevista para ser permanente como se estila en el caso de las obras escultóricas. Durante cuatro décadas, Zapata, en su cabalgata inmortalizada, miró en dirección del norte, dirigiéndose hacia la capital del país, respetando el sentido histórico de la entrada triunfal a la Ciudad de México. Durante un año, fue resguardado en un lugar secreto mientras se construía el distribuidor vial, creando una serie de rumores e indignación en torno al paradero de una estatua que, además de su simbolismo, estaba hecha de bronce cuyo peso ascendía a cinco toneladas. De pronto regresó a Buenavista, cercado por los tramos de cemento y sin poder lastimar ningún coche o conductor con su machete. No fue así para las vidas que cobró el distribuidor vial. Mudado nuevamente siete años después por decisión futbolística, fue instalado a un lado del libramiento, con la mirada puesta durante siete años más hacia Cuautla. Salió del olvido para ocupar ahora un lugar preponderante en el zócalo, justo enfrente del Palacio de Gobierno, la mirada anclada hacia el norte.
Un destino permanente, al menos que el futuro contradiga las razones que motivaron la instalación muy reciente de la estatua ecuestre. Por lo pronto, nuestro irreverente experto en arreglos fotográficos, Pablo Arista, anunció ahora el robo del caballo de Zapata y está pensando en organizar una exposición con sus inventos fotográficos, a menos que se decida en escribir un libro sobre las historias que acompañaron los traslados de la estatua de bronce, o diseñar llaveros metálicos para el turismo que vendrá a posar frente a Zapata para publicar en sus redes sociales que pasó un fin de semana o una temporada más larga en la ciudad de la eterna primavera.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM


