Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Ser peatón es un castigo

Blanca Estela de la Soledad Pedroza Hernández

La calle San Fernando es una de las más transitadas en mi comunidad. Conecta la colonia Santa Martha con Milpillas, y es necesario pasar por ella si vas a Tulipanes, La Morelos o La Barona. En la temporada de lluvias, el agua proveniente de la zona alta corre por la calle y llega hasta la barranca de Tulipanes, volviéndola intransitable. Los baches, la basura y los escombros arrastrados por la fuerza del agua hacen que la calle esté en constante mantenimiento. Los esfuerzos de las autoridades y del ayuntamiento de Cuernavaca por reparar ese paso principal son constantes. Sin embargo, me pregunto si, al centrarse tanto en la rehabilitación del centro de la calle, se han olvidado de los laterales. Las banquetas son angostas y desniveladas; no es posible que dos personas caminen juntas. Los postes de luz obstruyen el paso, obligando a pasar de lado, y ni hablar de los arbustos, los comales de negocios de comida rápida e incluso una escalera de herrería que conduce al segundo piso de una casa. Todo esto obliga a los peatones a bajarse de la banqueta y transitar por la calle, que además está llena de autos y motocicletas estacionados, a veces por mecánicos y otras por personas que hacen una parada para comprar. En resumen, es una calle horrible para los peatones y un tormento para las personas con discapacidad motriz, quienes usan silla de ruedas, o para los adultos mayores. A veces quiero creer que mi colonia, olvidada por Dios, es la excepción, pero sé que no. Basta con caminar por la Avenida Cuauhnáhuac, conocida como “La Luna”. Hace unas semanas tuve que acudir al banco ubicado en esa avenida. De manera irresponsable, salí de casa con el inicio de una infección pulmonar, con la recomendación médica de guardar reposo, pero con la necesidad de depositar dinero. Crucé dos veces el puente peatonal de metal y terminé agotada. El cielo estaba gris; había llovido la mayor parte de la mañana y el metal del puente estaba resbaloso. Al bajar los últimos escalones, noté que un señor mayor malabareaba su bastón y una cubeta para poder agarrarse del barandal. No lo estaba logrando. Le ofrecí ayuda y la aceptó. Después de cruzar el puente por tercera vez, me percaté de que las calles están cada vez más diseñadas para la comodidad de los automovilistas y menos para la de los peatones. No me viene a la mente una sola calle céntrica de Cuernavaca en la que pueda caminar con comodidad. Aun así, los ayuntamientos ponen tanto esfuerzo y dinero en arreglar solo lugares estratégicos. Las personas que no poseen automóvil se enfrentan cada vez más al olvido. Las calles no están diseñadas para caminar por ellas, y las avenidas priorizan el tránsito automovilístico, poniendo en riesgo la vida de los peatones.

Fotografía cortesía de la autora.

La Jornada Morelos