

QUIMERA
Los monstruos imaginarios existen también afuera de las fábulas, donde su poder logra alcances anclados en la realidad. Lo único certero es que, una vez escapados de la historia, no es posible regresarlos sino hasta que hayan perpetrado sus destinos siniestros, dejando A su paso, tal Atila, huellas sombrías, desencantos y demás fechoría.
Alejo se asomó por el hombro de Ethel, preguntándole por el tono inusualmente subido de su texto. Ella volteó exaltada: “y eso que no has leído nada aún. Este es nada más el arranque de contexto. A continuación, voy a hablar del tema en boga de la semana pasada”. Alejo soltó la carcajada. “No me digas que tu tema va a ser las altas temperaturas en Yucatán”. “Querido, ¿no recuerdas las predicciones, no meteorológicas sino mediáticas del mes pasado? Anunciaban la canícula en México a contar del 5 de julio, como si el tiempo se pudiera profetizar. Se creen astrólogos, médiums o no sé qué, ahora y bueno, tienes razón ahora, revisando sus pronósticos, se están limitando a Yucatán, pero éste no es tema del que quiero hablar esta semana”. Ethel volteó a ver a Alejo con una mezcla de compasión y de cariño. La pareja llevaba dos décadas de unión a prueba de balas porque sí que les había, siguiendo la metáfora meteorológica, llovido sobre mojado en más de una ocasión. “Estarás de acuerdo conmigo que en el amor y en los negocios, todo se vale como en el deporte que lleva casi el mismo nombre en el que cualquier golpe es válido. Pues, mira la situación de los tres señalados bancarios. ¿Qué te imaginas que les va a suceder después de semejante bombardeo mediático? Los pericos informativos repiten, impunes, sin parar lo mismo para conseguir vistas, aprobación, likes, lecturas. ¿Acaso piensan, aunque fuera por un segundo, en los estragos irreparables colaterales que están provocando so pretexto de cumplir con el deber de informar a la población?” Ethel se encontraba de pie, dando vueltas en el cuarto que fungía como oficina, parecía estar enfrentando a la mismita hidra de siete cabezas o, pensaba Alejo, a los molinos de viento de Don Quijote. Obviamente, Alejo no se atrevió a confrontar a su mujer en este momento. Poco a poco, Ethel recobró la calma, se sentó frente a la computadora, saboreando un té de tila que Alejo había tenido a bien irle a preparar. Ethel consultó algunas páginas web antes de proseguir. De pronto, Alejo escuchó un grito agudo, se precipitó para ver si Ethel no se había tragado el sobrecito de té. Ella volteó nuevamente a verlo, el rostro enrojecido con los ojos casi salidos de su órbita. “Nada más lee esto” dijo, señalando un artículo en el que un periodista se había adentrado un poco más allá de la noticia. Y apréndete bien el nombre de esta empresa. Vamos a ver si dentro de un mes o dos no habrá logrado su cometido y comprado los bancos a un precio irrisorio.
Alejo ya no la escuchaba, se encontraba recibiendo una alerta en su celular y se acercó lívido a Ethel, creo que le voy a tener que mandar dinero a Ricardo. Me está avisando que le cancelaron su cuenta. Ya ves, le hubiéramos dado una tarjeta de un banco extranjero para irse a estudiar a Madrid.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.
*Escritora, guionista y académica de la UAEM


