

Decisiones
Andrea Manrique Hernandez*
A menudo, en redes sociales, me encuentro con testimonios de mujeres que han parido en instituciones públicas. Cuentan que no sabían que les pusieron un DIU hasta meses después, que fueron presionadas a aceptar un método “por qué ya tienen muchos hijos” o que no pudieron operarse porque el médico o la pareja no lo autorizó. Los comentarios y reacciones del público refuerzan la reproducción de este discurso: muchos piensan que, gracias al personal médico que no respeta el deseo la madre (cual fuese), se controla el índice de natalidad, la violencia infantil y la pobreza, como si esas realidades fueran responsabilidad de las mujeres que maternan y no de un sistema desigual. Es cierto que puede ser una oportunidad para asegurar protección anticonceptiva inmediata, pero, analizando casos de manera crítica, también implica la negación del derecho de decidir de la madre. Hace varios años utilicé el implante subdérmico durante nueve meses. Los síntomas aparecieron de inmediato: sangrados irregulares, aumento de peso, ansiedad y depresión. Aun así, la institución pública se negaba a retirarme el anticonceptivo. Cuando tuve a mi hija, antes de entrar a la sala de parto me preguntaron qué método anticonceptivo quería. Dije que no estaba segura; el ginecólogo insistió y dijo que necesitaba salir con alguno. Sin pensarlo demasiado, opté por la OTB (Oclusión Tubárica Bilateral). En la sala de recuperación me identificaban como “la esterilizada”; a mi derecha estaba la del implante subdérmico y, enfrente, la del DIU. A mí no me negaron lo que pedí, pero días después mi pareja me contó que, al salir, le pidieron firmar un consentimiento y le preguntaron si era algo que ya habíamos acordado. Una amiga enfermera me explicó que eso forma parte del protocolo, para que si hubiera alguna complicación, la responsabilidad no recaería en el hospital. Después, en mi cita posparto, me preguntaron qué anticonceptivo utilizaba. Respondí que ninguno, que usaría el preservativo. Noté de inmediato su mirada. La enfermera me dijo que si me embarazaba antes de dos años mi útero se podía romper. La interrumpí y le dije que tenía la OTB. Se quedó de momento callada, y luego dijo “¿Cómo? Estás muy joven. Tú no sabes si tu hija va a morir más adelante. Debiste haber esperado”. ¿Acaso debemos dejar una puerta abierta por si acaso? Vaya ironía. Esta y otras frases refuerzan la violencia simbólica que busca hacer sentir mal a la mujer por ejercer su autonomía; revelan múltiples formas de violencias, como la culpa y la manipulación en momentos vulnerables. El problema no es que ofrezcan métodos anticonceptivos, sino cuando se imponen, como si la maternidad y el cuerpo no fueran de nosotras, sino de quienes atienden, juzgan y regulan.
*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

“Verdad o fábula 1”, 2019. Acrílico. Obra del artista Ívico Ángel.

