Control

 

Yo no supe a ciencia cierta cuándo se conocieron Malva y Toño. Hurgando en el pasado, no recuerdo haberles preguntado nada relacionado con la esfera íntima, por sentirme indiscreta. En un álbum de fotografías, se ven ellos de novios, rodeados de amistades, un fin de semana en la campiña, otro en el bosque. Unas páginas más adelante, aparecen las fotos de la ceremonia religiosa de su enlace nupcial. Ahora se contrata a una empresa planeadora para cualquier evento social. Pero en la época de ellos, eran los padres quienes organizaban y tomaban las grandes decisiones. Las dos familias no se frecuentaban; algo irreconciliable e indecible de por medio. Eso sí lo pregunté, pero el silencio se interpuso a manera de respuesta. Decidí por lo tanto callar y cuando era posible, observar. Ellos se mudaron lejos de ambas familias. Nacieron los hijos. Siguieron las mudanzas, una tras otra. Precavida, Malva no tiraba las cajas de cajón. Toño viajaba entre semana y regresaba los viernes por la noche, Después de la comida, se sentaban a tomar el café para agendar la siguiente semana. Malva hacía un reporte detallado del comportamiento de los hijos; Toño escuchaba, distraído. No salían al cine, tampoco al restaurante, pero llegando la temporada de vacaciones, repartían a los hijos entre los tíos paternos, ellos viajaban a playas lejanas. Pasaron los años, se fueron los hijos, siguieron tomando su café para planear la siguiente semana hasta que Toño se jubilara. Malva se puso entonces más pesada que antes. Decidió ponerlo a dieta de comida y de distracciones de las cuales ella no disfrutara. Él se iba diario a tomar su café con amigos a platicar largas horas, preferentemente hasta la hora de la comida. Un día, Toño tuvo que dejar de fumar por indicaciones médicas. Se encerró entre sus libros y sus escasos hobbies en casa. Malva llevaba la agenda minuciosa de la pareja, programaba las vacaciones y cualquier evento. Ya no preparó postres, ni siquiera el pay de queso que a Toño le fascinaba. Nacieron algunos nietos, pero Malva se negaba a reconocer su edad. Hubo que encontrar un vocablo para designarla que no fuera “abuela”. Pasaron más años, nacieron más nietos; los hijos se hacían cada vez más ausentes. Una tarde, Toño se desmayó y quedó internado durante varios días para determinar la gravedad de su condición. Malva calló. No se podían enterar los vecinos de la desgracia tan grande. Según ella, había logrado esconder los periodos en los que su esposo se encontraba desempleado, las veces que la había engañado y alguno que otro evento de su vida que no se podía ventilar a los cuatro vientos dentro de la privada donde vivían. Toño empezó a caminar con un bastón y acudir más veces al hospital por tiempos alargados. A escondidas, se compraba un pay de queso en la panadería de la esquina. Malva lo descubrió, los regaños se volvieron interminables, envueltos en un descontrol sin fin, aunque final si hubo, una mañana fría de invierno cuando sonó el teléfono de casa. Una voz cortante dijo que Toño no había amanecido vivo. Yo no supe si Malva, congelada por la noticia, soltó lágrimas ni en qué momento abrió el refrigerador para contemplar la porción de pay de queso que le iba a llevar ese día al hospital.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX