Donde escriben las desposeídas

 

Virginia Woolf sostiene que una mujer necesita un cuarto propio para escribir, un lugar donde abandonar lo doméstico, la maternidad y la crianza, un lugar de emancipación. Aunque esta idea me resultó atractiva, me he encontrado recientemente con una severa crítica: Dahlia de la Cerda, en su libro Desde los zulos, problematiza este tema, porque evidentemente está ligado a privilegios de clase, al hecho de pensar que las mujeres no escriben por carecer de un espacio propio, por no tener algo interesante que contar.

Ahora mismo escribo mientras mi hija duerme, lleva tres días enferma. Mientras redacto surge en mi la pregunta ¿desde de qué posición escribo? Escribo desde y con mi cuerpo cansado, desde la maternidad y el cambio. Escribo porque la escritura es un acto político, porque quiero dejar de sentirme vulnerable al creer que si alguien lee esto es como si pudiera ver mi cuerpo desnudo, pero también encontrando un confort en este acto que me permite hacer otra cosa más que amamantar, porque la sociedad nos ha interiorizado que maternar no es un trabajo, que es mucho pero no es nada.

Recuerdo cuando me levanté por primera vez después de la cesárea, en el chorro de sangre que escurrió por mi pierna, el dolor y en las ganas de escapar. En el cansancio y la culpa que está más presente que el amor. En la imposibilidad de disfrutar a mi hija, porque a los tres días de parida estaba escribiendo un ensayo, tratando de volver a la normalidad. Como dice Daniela Rea “… presiones de volver afuera. De volver. Y una vez ahí, decir: «Esta soy, sigo aquí».”

Por mucho tiempo pensé y anhelé la posibilidad del cuarto propio. Para bien o para mal, es la primera vez que tengo un hogar. Mi infancia fue como la de muchas: viví bajo un contexto de precariedad, violencia intrafamiliar y abuso físico y sexual. Cuando era muy pequeña siempre pensé que todas las familias eran igual a la mía. Qué alivio sentí cuando descubrí que el mundo era distinto, un poco distinto sí. Porque la violencia está en todo, sobre todo si eres mujer. Esto que cuento nunca pasó más allá de la charla entre amigas; no se me había ocurrido problematizar y reflexionar sobre mi experiencia porque no tenía las palabras para expresar lo que viví. Jamás tuve un cuarto propio, viví en una casa con mis cuatro hermanos y mis padres, donde no había privacidad, donde si mi papá bebía ya nadie dormía por el miedo, donde no podía gritar, ni cantar, muchos menos reírme, donde me obligaban a servir a los hombres de la casa. Cuando cumplí dieciocho años me fui y por fin me sentí libre, una sensación efímera, pues salir implicaba enfrentarme a otras fuerzas, pero aun así jamás regresé a lo que un día llamé casa.

Me gusta la propuesta de Dahlia de la Cerda, que en vez de escribir en un cuarto puedas escribir desde un zulo “un lugar desde donde escriben las desposeídas. Las que tienen cuatro jornadas laborales. Las que no tienen quien arrulle a la cría… El zulo son las alcantarillas y los bordes”. He estado escribiendo en la cama, junto a mi hija, como muchas mamás, porque si salgo del cuarto ella se despierta. La verdad es que las dos tenemos un cuarto propio, pero el apego es mutuo y a veces monstruoso.

Andrea Manrique Hernández