

SPOILER
A Priscilla no la conocen más por su nombre sino por su apodo: spoiler alert. Sus ex mejores amigos y familiares (no puede haber ex más que de un divorcio consumado pero la ley no contempla dicho término en los lazos que unen hermanos, primos y los padres con sus retoños) le han adjudicado sonido de llamada de máxima alarma. Expulsada de los grupos de conversación presenciales y digitales, Priscilla logra sobrevivir comunicando con la gente de manera más astuta. A grandes males, pequeños remedios. Bueno el dicho no va exactamente en estos términos, pero para efectos de este relato sí aplica. Veamos porqué sucedió tal situación y examinemos el estado de salud mental de Priscilla posteriormente a dichos eventos.
La joven arquitecta está dotada de una memoria fenomenal. Sus recuerdos infantiles remontan a su primer cumpleaños, superando el índice nacional en materia de recuerdos, aunque no existan estadísticas que lo puedan confirmar (pero sería interesante llevarlas a cabo). Conforme su crecimiento, los datos acumulados en su memoria se relacionaban con prácticamente todo de manera enciclopédica. Gracias al auge de las plataformas de video, Priscilla empezó a consumir inmoderadamente películas y series nacionales e internacionales focalizando su atención en sus desenlaces, volviéndose asimismo una temible competidora potencial de los juegos televisivos dedicados al tema, que por supuesto nunca se llevaron a cabo para no destruir la industria cinematográfica mundial, y arruinar la reputación de los demás contendientes en vivo y de manera simultánea en redes sociales.
Cuando aún tenía amigas, Priscilla no podía detener sus ganas de contar los finales de las películas, apenas éstas se habían estrenado, ganándose por ende la desconsideración de Nadia, Silvana y todas las demás. Antes de desterrarla del mundo (de hecho, lo intentaron, pero no pudieron) colocaron en su celular cualquier clase de restricción, con la intención de frenar sus intentos frenéticos de arruinar la sorpresa de descubrir, uno mismo, el final terminando el último sorbo de un helado de chocolate, o de vainilla, cómodamente instalado en donde sea que fuera. Priscilla descubrió una mañana que los únicos contactos digitales que no la habían bloqueado eran perfiles falsos inmiscuidos, así que ella los retiró. Los que permanecieron fueron sus amigos de la infancia que tenían vida digital en otras aplicaciones y habían omitido cancelar sus cuentas. Su don prolífico empezó después a abarcar las vidas de sus nuevos amigos. A Andrés, por ejemplo, lo salvó de un intento de hackeo, anticipando el propósito del internauta anónimo; intervino a tiempo para impedir que Sandra contestara un mensaje apócrifo del banco, evitándole un cargo indebido en su cuenta. Ayudaba incluso a desconocidos en el transporte público o cuando caminaba por la calle hacia su trabajo. Sus colegas agradecieron su intervención oportuna para conseguir el mayor contrato del año. Se fueron a celebrar la firma en un gran restaurante. Durante el brindis, los que mantenían cordura suficiente pudieron advertir que Priscilla, sobria, contaba a diestra y siniestra los finales cinematográficos como si fueran anécdotas personales. Nadie puso atención más que a la llegada de la siguiente botella.
Spoiler: en la vida real en la que muchos vivimos, no hay buenas o malas personas, hay gente con o sin autoestima, confianza, amor, miedo o frustración por no saber contar historias.
Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

