Mudar los archivos

Valeria Martínez

El trauma de la última mudanza comenzó hace ya tres meses: montones de ropa, abrigos y chipiturcos de la abuelita, tres viejos juegos de backgammon –uno ya carcomido por el tiempo y sin piezas, todos de mi papá–, juguetes de mi infancia, bolsas repletas de encendedores porque mi hermano los coleccionaba y con sus piezas hacía motos en miniatura para regalar, muchas libretas incompletas, textos engargolados sueltos de la carrera que estudié y un enorme etcétera. Demasiadas cosas acaparadas en varios rincones que al guardarlas se redujeron y apilaron junto con un “de algo servirá”, pero que al verlas todas durante semanas nos llevaron a una ansiedad inmensurable a mi madre y a mí. Hace un par de años durante una sesión con quien era mi terapeuta en ese entonces, le comenté sobre los cambios constantes de casa y ciudad que he tenido a lo largo de mi vida, durante mi infancia, hasta la adultez. Ella me dio a entender que el no tener un espacio seguro o propio al cual llegar es transgresor; romper la continuidad de lo conocido es un acto violento porque siempre supe que tarde o temprano me iría de ahí y sería otro duelo. ¡Cuánta cosa guarda uno!, exclama mi mamá. Yo me río porque lo dice como sorprendida y me hace recordar lo agotador que ha sido –sobre todo para ella– cambiarnos de casa más de quince veces, deshacernos de cosas y aun así conservar otras tantas quizá por apego, por la incertidumbre de aquello que nos espera o para darle algún sentido de pertenencia a este otro nuevo espacio. Al paso de varias semanas todo el asunto del cambio me hace recordar a la “pulsión por el archivo” que analizamos en una clase en la universidad que exploraba la figura del archivo clínico, político o literario, y cómo este representaba la memoria y olvido en el discurso freudiano y los indicios que propuso Jacques Derrida en su libro Mal de archivo. La clase concluía reflexionando sobre cómo la acción de archivar no solo implica un ejercicio de memoria, sino también de olvido: guardamos para olvidarnos de las cosas. Es entonces que cuestiono desde mi experiencia si tienen sentido todas estas memorias materiales que conservo y, hasta cierto punto, si en realidad se integran a mi identidad como individuo, si me siguen marcando. ¿Tiene sentido recordar el pasado para darle sentido a un evento? ¿Las memorias individuales están atravesadas por las sociales y puede servir esta como una herramienta de reconstrucción? Probablemente. A consecuencia de esto continúo archivando, ahora de manera estratégica: escribiéndolo. Busco explorar desde el presente y lo cotidiano un acaecer social en comunidad entre los discursos y los decires de los otros en los que nos convertimos todos y ese, para mí, es su sentido.

* Laboratorio de Contra/Narrativas

Dibujo animado de una persona

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Detalle de la obra “Study for don’t the bridge before you get to the river” (2008) de Francis Alýs

La Jornada Morelos