Primer día buscando 

Jazmín Núñez García *   

Todo inició un día de apariencia tranquilo. Era mi primer recorrido con el colectivo Buscadoras del Sur de Morelos y, aunque el ambiente parecía sereno, el sol caía con fuerza sobre el cerro seco y pedregoso, casi lastimando a sus visitantes. El polvo se levantaba con cada paso y el calor dificultaba la respiración. El sonido de las botas, las ramas quebrándose y el zumbido de los insectos marcaban el ritmo de la jornada. Al llegar, las integrantes del colectivo se reunieron con personal de la Comisión de Búsqueda del Estado. La coordinadora, Jael Jacobo, repartió radios y explicó la ruta, la organización de los equipos y las reglas de comunicación. Las madres portaban palas, picos, varillas, guantes y, sobre todo, la playera con la fotografía de su familiar desaparecido. La comunicación entre ellas era breve y precisa, casi táctica. Aunque el ambiente estaba cargado de tensión ante la posibilidad de hallazgos, también era evidente la unión entre ellas. En México, más de 133 mil personas continúan desaparecidas o no localizadas, lo que muestra la magnitud de la crisis que padecemos. Desde un principio comprendí que mi presencia ahí no era solo académica: estaba acompañando una lucha sostenida por familias que, sin apoyo suficiente, buscan por sus propios medios. Mi historia con ellas comenzó semanas antes, cuando investigaba sobre desapariciones en el país y decidí contactarlas. Tras insistir, Jael aceptó que las acompañara, bajo reglas claras: no grabar rostros ni exponer a las familias. Yo buscaba comprender y dar visibilidad a su trabajo. Durante la caminata encontramos huesos que, para mí, parecían un indicio importante. Ellas los descartaron de inmediato: eran de animal. Para mí fue impactante; para ellas, algo cotidiano. La búsqueda existe porque muchas personas desaparecidas no regresan con vida, lo que explica la insistencia de estos colectivos en recorrer cerros y brechas. En los descansos observé el cansancio, pero también la solidaridad entre ellas. “Estas señoras ya son una familia”, me dijo Jael. Aunque reían, todas compartían una ausencia. Continuamos el ascenso y en un punto detectaron un olor sospechoso que yo no percibía. Revisaron la zona sin resultados, pero descartar también significa avanzar. Más adelante hallaron fragmentos de ropa enterrados. Cada prenda encendía una breve esperanza que pronto se apagaba. Cerca de las cuatro de la tarde decidimos descender por seguridad. Antes de retirarnos revisamos un río cercano sin encontrar indicios. Después compartieron comida juntas, mostrando una convivencia marcada por el dolor, pero también por la fortaleza colectiva. Ese día terminó cerca de las seis de la tarde. 

* Laboratorio de Contra/Narrativas, CIIHu-UAEM 

Foto: cortesía de la autora. 
La Jornada Morelos