José Manuel Meneses Ramírez *

La violencia extrema en México no retrocede. Una vez más los hechos van más allá de la línea que dictan los discursos, sobre todo cuando hablamos de delitos de alto impacto. Mientras la sangre inunda las calles, las narrativas de la violencia no dejan de perfeccionarse, desafiando los límites de la ficción y la realidad. Cualquier lugar es bueno para morir, sea un campo de fútbol, el centro comercial, las vías públicas. La muerte violenta nos inunda, sobre todo en un mundo digital que ha convertido la exhibición de la muerte en una normalidad potenciada por el ojo siempre vigilante de las redes sociales. Esto es más palpable cuando aislamos las cifras de los homicidios dolosos con arma de fuego en México durante los últimos cinco años.

Por un lado, el descaro, el cinismo y el sinsentido que perfila a los perpetradores es un espectáculo recurrente; por otra parte, la indefensión de la gente y, finalmente, la omisión, incompetencia y desbordamiento de las capacidades de nuestras autoridades. Desde luego que la banalidad del mal está aquí presente, pues en nuestro país se mata, se deja matar y se manda a matar en la órbita de la mercancía. Desde esta perspectiva, la masacre de Guanajuato es un argumento más para la caracterización de un estado fallido, vamos, un armatoste que no cumple su función primordial de garantizar la seguridad de sus habitantes. Hace tiempo que el Estado mexicano no detenta el monopolio de la fuerza física. Por si fuera poco, la andanada de violencia reclama, en el extremo de los colmos, a los miembros de la clase gobernante, diputados atacados en el corazón de una ciudad importante, la misma avanzada presidencial frenada en seco por la fuerza de la delincuencia, son todos pequeños entremeses para soportar el impacto de una noticia que de golpe nos presenta 11 personas asesinadas en un partido de fútbol. Guanajuato, San Luis Potosí, Guerrero o Morelos. En todas partes, en México lo lúdico deviene tragedia, cuando no adquiere las dimensiones de una auténtica carnicería.

Por su parte, la incapacidad, colusión o incompetencia de las autoridades es el signo de un esquema de gobierno barrido por la fuerza de una realidad que no se doblega ante la fuerza de las mentiras que se repiten mil veces. En tanto, decenas de cadáveres diarios, policías ultimados, agentes de la fiscalía atacados, son el marco de un escenario de terror, en medio del cual los ciudadanos se aferran a una esperanza de volver a casa con bien, al tiempo que observan cómo aquellos que pretenden brindarles seguridad tampoco pueden garantizar su propia vida.

A nivel nacional no hay descenso en el rubro de los homicidios dolosos con arma de fuego. Carreteras, autopistas y vías son el hábitat de la delincuencia organizada. Tampoco en el estado de Morelos las cosas mejoran en este rubro, se percibe al caminar por Cuernavaca, el miedo y su tufo está por todas partes. De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, pasamos de 600 homicidios en 2020 a 755 en 2021, llegando a 782 en 2022, lo que ya de por sí suena como un desastre para uno de los estados más pequeños de la federación mexicana. En uno de los momentos más sombríos para la entidad, en el año de 2023 se llegó a 1032 homicidios, con un crecimiento constante para 2024, llegando hasta la cifra de 1085. Si bien, para 2025 el Secretariado reporta 831 homicidios dolosos con arma de fuego lo que, si bien representa una disminución frente a los dos años precedentes, también puede entenderse como un crecimiento regular, tomando en cuenta el periodo inmediatamente posterior a la pandemia de SARS Covid-19.

En el extremo, la vía pública morelense -el espacio supuestamente el espacio garantizado por la fuerza del estado- se convierte poco a poco en el locus mortis de los representantes de la ley, sea en Jiutepec, Temixco o Cuernavaca la delincuencia cobra la vida de policías y otras autoridades. Desde luego, el mensaje hacia la ciudadanía es de debilidad, miedo e indefensión de nuestras autoridades. De ahí que los aparatosos esquemas de seguridad que disimulan el miedo de nuestros representantes sean, en un momento como este, un vergonzoso privilegio mientras la ciudadanía sortea mil peligros en un 2026 que ha iniciado vertiginosamente y en el que la violencia extrema se anuncia corrosiva, salvaje e imparable.

* Filósofo, filólogo y politólogo.

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La Jornada Morelos