

Transporte público: el humo que respiramos todos y nadie quiere regular
Ma. de Lourdes Nájera López *
Hablar de contaminación en las grandes ciudades nos lleva a pensar que el gran villano urbano es el automóvil particular, y claro que este vehículo tiene una gran responsabilidad, pero existe otro elefante en la habitación que no se enfrenta con seriedad, y es el transporte público, en específico los autobuses urbanos, que circulan todos los días más de 12 horas, dejando gases tóxicos, humo negro y ruido, como si fuera parte del paisaje natural.
Solo con estar en una avenida concurrida esperando al autobús para ir al trabajo, a la escuela, de compras, y a actividades de diversión, es suficiente para sentirlo en la garganta, ojos, y pulmones. Autobuses viejos, movidos por motores diésel obsoletos, emitiendo contaminantes que afectan a todos los que esperan en la esquina para cruzar el semáforo o para abordar el autobús, enfermándose de las vías respiratorias, alergias y del corazón. Ese humo además de quedarse flotando en el aire, todos lo respiramos.
Aquí la gran paradoja: el transporte público debería ser parte de la solución ambiental, y no ser parte del problema. La teoría nos dice que el autobús al transportar a varios usuarios reduce emisiones contaminantes, pero en la práctica en las grandes ciudades de países con economías frágiles, esto no se cumple. En México, la falta de regulación, supervisión y planeación de transporte público convierte este potencial en una fuente constante de contaminación y riesgo para la salud de todos los ciudadanos. Hay que considerar que el transporte público es un servicio esencial, es un derecho y por lo tanto debe haber un regulador que esté comprometido en otorgar dicho servicio con la mayor calidad a los ciudadanos.
Regular incomoda porque implica tocar intereses, romper inercias y exigir inversiones. Pero regular no es castigar: es establecer estándares ambientales, renovar flotas, capacitar operadores, reorganizar rutas y asumir, de una vez por todas, que la movilidad es una política pública y no un favor concedido. De no ser así, seguiremos pagando el costo de un sistema de transporte obsoleto con nuestra salud.

La contaminación del transporte público no distingue entre usuarios y no usuarios. Afecta al niño que camina a la escuela, a los que van a trabajar, a la persona adulta mayor que espera el camión, al comerciante que pasa el día en la calle y al automovilista atrapado en el tráfico. Seguir postergando la regulación es aceptar que el humo siga siendo parte de nuestra vida cotidiana y eso no deberíamos normalizarlo.
* Universidad Autónoma del Estado de México/Red de Difusión y Divulgación de las Investigaciones en Ciencias y Humanidades.


