Para leer la mar es necesario verla con el alma, los ojos no sirven para ese tipo de expediciones. Los ojos, en ese caso, sólo sirven para encontrar lo que no existe. En cambio, el alma tiene una brújula especial, pero depende mucho de como la tengas educada. El alma también es cosa fina y no es imposible que se extravíe, confundiendo la tristeza con la melancolía. Ese era el tipo de pensamientos que le nacían a doña Ignacia, casi involuntariamente. Su manera serena de encarar las peores calamidades, su sentido de orientación, las enseñanzas que le sonsacaba a todos los seres vivos, desde una diminuta hormiga hasta las ballenas jorobadas que avistaba a principios de cada año, eran los ingredientes necesarios para la alquimia de sus sentires.

Desde su nacimiento, en 1965, doña Ignacia ha vivido frente a la inmensidad de esa mar, de donde provienen todas las venturas y desventuras de su pueblo, que ya nadie recuerda por qué lo llamaron San Agustinillo. Concebida en Candelaria Loxicha, Oaxaca, rodeada por la Sierra Madre del Sur, doña Ignacia creció con la sensación de hallarse en medio de un bosque poblado de nanchales, macuiles, aguacatillos, huanacaxtles y caobas. Es decir, en la casa de los tejones, jabalíes, zorras, tlacomistes, tuzas, ardillas, venados y cacomixtles, para no hablar de un sin fin de pájaros e insectos que nunca ha visto, pero que sí presintió en los siete meses y catorce días de gestación, hasta que su padre decidió emprender con la familia una migración que no tendría camino de regreso. A Candelaria Loxicha, la tierra zapoteca de las piñas, llegaron los rumores de que en la costa más cercana, a 52 kilómetros y 600 metros, se hallaba un lugar con la pinta de convertirse en pueblo. Algo en esos rumores le transmitió a don Ireneo la implacable creencia de que no era necesario pensarlo dos veces.

El 17 de febrero de 1965, la niña Ignacia nació en una de las primeras palapas que se construyeron en ese pueblo sin nombre. Era de noche cuando sucedió el alumbramiento, a la luz de una fogata que también fue útil para asar la iguana con la que celebraron el acontecimiento. La abuela Remigia se encargó de la ceremonia, con la sabiduría de quien le ha dado la bienvenida a una familia numerosa. En sus rezos había vestigios de los rumores de aquel bosque Loxicha que siempre acompañaría a Doña Ignacia. El oleaje, esa noche, era como un arrullo que venía desde muy lejos, presagiando todo lo bueno que sucedería en su vida, y todo el temple para encarar los malos tiempos.

Durante su infancia y su primera juventud, Ignacia experimentó un encontronazo con la realidad. Durante poco más de 20 años, San Agustinillo vivió de la muerte de miles de tortugas, tantas que en un solo día llegaron a ser como dos mil. La orilla de la playa se teñía de rojo y manadas de tiburones se daban un festín con las vísceras de las tortugas que desechaban los desalmados pescadores. «El mar rojo», le llamaban a esa escena desoladora. En ese mundo hermoso y a la vez siniestro creció Ignacia. La muerte es la muerte, aunque sirva para darnos vida, decía ella, y en su mirada latía el pulso de una realidad que nada ni nadie podría cambiar. Pero esa realidad comenzó a cambiar en 1990, cuando el gobierno mexicano decretó la veda de la tortuga marina, el 31 de mayo. Eso significó un cambio de vida radical, que en un principio cimbró la economía del pueblo y lo llevó a la ruina. Aunque el gobierno prometió todo tipo de programas y acciones que ayudaran a sostener las economías familiares, lo cierto es que actuaron con una previsible indiferencia.

Yo todavía no entiendo cómo sucedió, pero sucedió. De la noche a la mañana comenzó a llegar de todos lados, incluidos los sitios más remotos del planeta, gente que buscaba una versión del Paraíso, que nosotros vivíamos sin darnos cuenta. En un principio, todo se fue acomodando y el pueblo comenzó a vivir protegiendo a las tortugas. Nunca hubo ni nunca habrá una veda total. Se siguen matando tortugas de manera clandestina y vendiendo sus huevos en los mercados, así como se venden los tamales de iguana en las calles de Pochutla, la ciudad más grande de la región. Pero ya no es la tragedia cotidiana que infestaba el pueblo con el olor y el color de la sangre.

Doña Ignacia está por cumplir 60 años y vive rodeada de nietas y nietos. Cocinar ha sido siempre su especialidad. Las tlayudas de quesillo, el pargo en salsa de albahaca, los frijoles con hojas de chepil, los tamales de pescado dorado y el atole de maíz con amaranto se le dan con gran facilidad. En ciertas tardes del año, le gusta perderse en el rincón más lejano de la playa, buscando su bosque de Loxicha.

Imagen cortesía del autor

Raúl Silva de la Mora