Últimamente siento que interactuar es como llenar un formulario invisible. 

Hace unos días me quedé suspendido frente a alguien, a medio gesto, como estatua mal sincronizada. Extendí la mano. La otra persona se inclinó para el beso. Nos corregimos en el aire. Reímos. Pero en esa microtorpeza había algo más grande: la sensación de que todo necesita confirmación previa.  

Es como si viviéramos en la cultura de la confirmación y déjenme decirles que ese baile después de un rato se vuelve torpe.  

Antes de decir “hola” cuento con un par de segundos para leer la letra en el aire.  

¿Beso? ¿Abrazo? ¿Mano firme? ¿Puño discreto? ¿Sonrisa a metro y medio? 

La cultura de la confirmación nos ha convertido en notarios de lo cotidiano. 

Nada se asume. Todo se verifica. 

Confirmar pronombres. Confirmar límites. Confirmar si el chiste cabe. Confirmar si el silencio ofende más que la palabra. 

No sabes si el beso es afecto o invasión. 

Si la mano extendida es cortesía o colonia bacteriana. 

Si decir “todos” es violencia gramatical o costumbre heredada. 

Si preguntar demasiado es respeto o sospecha.  

Y no es que esté mal querer hacerlo bien. 

No es que esté mal cuidar, preguntar, ajustar. Es necesario inclusive.  

Lo que pesa es la sensación de estar siempre rindiendo un examen social sorpresa. 

Hay algo hermoso en la conciencia: el deseo genuino de no herir, de no imponer, de no asumir por encima del otro. 

Pero también hay algo cansado.  

El agotamiento de revisar cada palabra como si fuera equipaje de peligro en aeropuerto. 

El miedo a que un gesto aprendido en la infancia hoy sea leído como agresión. 

Tal vez estamos aprendiendo a reordenarnos como niños, que después de romper algo vuelven a tocar el mundo con excesivo cuidado.  

A veces extraño la espontaneidad torpe. El margen de error sin sentencia inmediata. Ese espacio donde uno podía equivocarse y corregir sin quedar archivado. 

Ese espacio donde saludar a alguien era más un puente de afecto hacia la otra persona y menos una prueba. 

Foto: Cortesía.
Andrés Uribe Carvajal