Entre caviares y desechables 

Stacy Rojas *  

Cada cuatro años, el Mundial desnuda las contradicciones del mundo con una intensidad desmedida. Habrá, por ejemplo, quienes lo habiten desde vuelos privados, suites, caviar y champagne. Si su equipo favorito pierde, bastará una cena en un restaurante con tres estrellas Michelin para volver a sentirse bien. Otros, por desgracia, solo alcanzarán a invertir sus salarios en un televisor que les transmita todo aquello que ocurre en el estadio. Sufrirán recortes de agua en sus colonias, pues es importante que las zonas hoteleras no experimenten este desabasto. El tráfico por obras exprés se agudizará y, por si fuera poco, la canasta básica desbordará su precio por las nubes. Otros tantos no se preocuparán por lo último: ya han sido desechados. Después de todo, sus existencias en condición de calle no hacían más que ensuciar la ciudad. Supongo que el solo ignorarles no es suficiente. En Guadalajara, las personas sin hogar sufren las consecuencias; en vísperas del Mundial, quince de ellas han sido asesinadas y los culpables se mantienen impunes. No bastó con el abandono sistemático ni con los prejuicios. Esta lógica deja en evidencia cómo funciona el sistema: las vidas que cuentan son las que consumen, mientras que aquellas incapaces de pagar la canasta básica, cada vez más costosa, no valen nada. Aquello que empaña la vista del paisaje idílico, las personas en situación de calle, ya no es necesario desplazarlas. Ahora se les silencia. No es el abandono o la indiferencia lo que acaba con esas vidas, sino la deliberada decisión de que su existencia constituye un error que ha de ser solucionado con violencia: con el conocimiento de que nadie saldrá a las calles exigiendo justicia por unos desechables. No solo son aquellos que no consumen ni producen, son aquellos cuya muerte se vuelve un acto de limpieza tan ordinario que no hay razón para otorgarles un encabezado en la prensa. No hay velorio, no hay duelo. Una vez que las tribunas estallen en gritos de emoción, nadie se preocupará por intentar recordar sus nombres. Sus olores no alterarán a los huéspedes de las suites. Tal vez alteren a los vecinos de las colonias, pero estarán muy ocupados sobreviviendo a la cotidianidad como para detenerse en ello. Con gestos desinteresados cubrirán su nariz y pasarán de largo. Quizá sus muertes se integren a las estadísticas. Quizá no. Después de todo, es necesario que lo que no sirve sea desechado para festejar. Ese espectáculo en donde el único crimen reprochable es perder un partido y el único luto permitido es aquel en donde se puede sobrellevar comiendo en restaurantes con tres estrellas Michelin. 

* Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM) 

Foto: Axel Hernández / Desinformémonos.
La Jornada Morelos