

Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo, proponía Virgilio Piñera en “La isla en peso”, un poema que se desborda a si mismo para surcar el mar, la mar, los océanos todos, los de la geografía más íntima, más que nada. Y esa tentativa es en sí la Arte poética de cuanto escribió Virgilio Piñera, que es también decir de cuanto vivió, con la plenitud de quien, a contracorriente, sabía muy bien donde se hallaba su horizonte. Pero dejemos, mejor, que la voz cantante sea la de Abilio Estévez, novelista cubano, ese fabulador que el propio Virgilio anticipó.
– Abilio, ¿cómo fue que conociste a Virgilio Piñera?
Virgilio tenía una especie de tertulia los sábados, en una casa maravillosa de la familia de Juan Gualberto Gómez, que es un prócer de Cuba, uno de los hombres que inició la guerra del 45 en las afueras de La Habana. Está en un lugar que se llama Mantilla, una quinta llena de árboles. Alguien me invitó y fui. Yo era estudiante de filología y, por supuesto, conocer a Virgilio Piñera era para mi una maravilla. Así empezó la fascinación y esa amistad de la que me siento siempre alimentado. Ese hombre me daba libros, que pedía prestado por allí para que yo leyera, porque él no tenía biblioteca y fue maravilloso. Cuando murió yo me sentí en la soledad más absoluta. Después, poco a poco lo he ido recuperando y está a mi lado, está conmigo.
- ¿Y cómo era Virgilio?
En primer lugar, Virgilio Piñera tenía un sentido tan fuerte de la literatura que todo lo literaturizaba, por decirlo así. Toda la realidad estaba convertida en literatura y era tan divertido vivir al lado de él, porque como que la realidad y la ficción se mezclaban todo el tiempo. Lo particular de Virgilio Piñera era Virgilio Piñera, su modo de ser tan desenfadado. Era un hombre tan culto que, además, no hacía gala de su cultura, sino que más bien la escondía. Era un hombre con una inteligencia muy cáustica, un hombre muy negador y, lo que más me impresionaba, era su entereza y su tesón frente a la literatura. Para poner un ejemplo: en aquellos años que lo conocí él estaba completamente marginado de la vida cultural cubana, Virgilio Piñera no existía en Cuba, era un fantasma, no publicaba, no se daba en las clases, no aparecían los libros. No existía y sin embargo ese hombre se paraba todos los días a las cinco de la mañana y se sentaba a escribir. Eso me parece algo extraordinario y para mi fue una enseñanza tremenda. Cuando él muere, en octubre del 79, dejó 8 libros inéditos.
- También Reinaldo Arenas tuvo una relación entrañable con Virgilio.
Mira, con Reinaldo Arenas pasó una cosa bien interesante. Yo creo que quien primero se dio cuenta que era un gran escritor fue Eliseo Diego, pero Virgilio Piñera fue jurado de un concurso donde estuvo El mundo alucinante y quiso premiarlo, pero Alejo Carpentier se opuso tenazmente. Decía que la novela estaba mal escrita, cosa que podía ser cierta, porque Reinaldo escribía un poco como dando golpes de ciego. Eso no le quitaba para nada su talento maravilloso, era un narrador de nacimiento. Virgilio no sólo le ayudó a corregir todo El mundo alucinante, una novela que es como para siempre, sino, además, en una época en que Reinaldo salió de la prisión y no tenía trabajo, Virgilio salía por la calle a recoger dinero para llevárselo. También te puedo decir que en la literatura cubana actual Virgilio ha pasado a ser el autor más importante de los jóvenes, es como el símbolo de la negación, de la obstinación, del enfrentamiento, de la resistencia. En ese sentido ha conocido un renacimiento muy merecido y muy justo.
– Tu novela Tuyo es el reino tiene esta dedicatoria “Para Virgilio Piñera in memoriam, porque el reino continúa siendo suyo”.

Tuyo es el reino surge de mi deseo de convertir a la literatura en una religión, por decirlo así. No sé si está bien dicho. Lo que quiero decir es que sustituyo a la religión por la literatura, que fue algo que Virgilio Piñera me enseñó: a vivir la literatura como sacerdocio, dicho así a la tremenda. De ahí viene eso de decir “tuyo es el reino”, usando una frase de la liturgia y convirtiéndola en una frase de la literatura. Lo que me interesa, sobre todo, es rescatar la literatura como modo de salvación. Para mí, la salvación está en la literatura.
¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Virgilio Piñera, “La isla en peso” (fragmento)


