Chatarra del deportivo Facel Vega conducido por Michel Gallimard y copiloteado por Albert Camus (Francia, 1960), con epígrafe de Camus: “Morir en un automóvil es una muerte idiota”; espejo retrovisor del Renault Dolphine de Manuel Altolaguirre (Burgos, 1959), con epígrafe del occiso: “Yo quisiera/ que la muerte con su fuego/ me dejase el alma negra,/ volver a vivir teniendo/ en el pecho una tiniebla,/ olvidar lo que he perdido,/ perder lo que luego venga”; el Cougar 67 de Anne Sexton (Massachusets, 1974), con epitafios de la occisa: “A woman like that is not ashamed to die”; “But suicides have a special language”; tuerca del automóvil no identificado de Luis Martín Santos (Vitoria, 1964) con testamento del occiso: Tiempo de silencio; caja de cambios del taxi colectivo en el que viajaba Gonzalo Arango (Gachancipá, 1976), con epitafio del occiso: “No se asomen a mi tumba, granujas”; parabrisas trizado del automóvil no identificado que atropelló a Rolf Dieter Brinkman (Londres, 1975), con epígrafe del occiso: “¡Oh, calma callejera!”; llantas lisas del Alfa Romeo de Pier Paolo Pasolini (Ostia, 1975), con verso del occiso: “Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa”; caja de cambios del Volkswagen 1500 de José Carlos Becerra (Brindisi, 1970), con versos del finado: “el Clásico desperfecto en mitad de la carretera/ el Divinal automóvil con las llantas ponchadas/ entorpeciendo el tráfico/ de las lágrimas y de los muertos”; focos trizados del Mini Minor copilotado por Alfonso Gatto (Grosseto, 1976), con epígrafe del occiso: “La morte è uno soffio che pesa l’intero”; capó del BMW 2800 de Nino Bravo (Cuenca, 1973), con epígrafe del occiso: “Piensa que la alambrada sólo es/ Un trozo de metal,/ Algo que nunca puede detener/ Sus ansias de volar”; parabrisas intacto del autobús que atropelló a Raúl Gómez Jattin (Cartagena, 1997), con epitafio del occiso: “El paisaje moral/ de tus contemporáneos/ te afectó como una lepra blanca”; ejemplar remozado del Volkswagen sedán 1976 que aplastó el pie derecho de Martín Cinzano (Hidalgo, 2005) con berrinche del lesionado: “Peatonal”; luces del Volkswagen escarabajo de Aquiles Nazoa (Caracas, 1976), con epitafio del occiso: “Amor, cuando yo muera/ no te vistas de viuda:/ yo quiero ser un muerto/ como los de Neruda”; pedales del Falcon de Álvaro Carrillo (Ciudad de México, 1969), con epitafio del occiso: “Dejar/ un cariño tirado,/ perder el bienestar,/ atropellar la vida/ por un amor/ que se mete en el alma/ y la tiene vencida”; cenicero con colillas de cigarrillos de la furgoneta de lavandería que atropelló a Roland Barthes (París, 1980), con epígrafe del occiso: “¿Qué me importa durar más allá de mí mismo, en el desconocido y mentiroso frío de la Historia?”; neumáticos del Honda de Ignacio Padilla (Querétaro, 2016), con sentencia del finado: “Nadie es ajeno al vértigo”; chatarra del automóvil no identificado de W.G. Sebald (Norfolk, 2001), con legado del occiso: Vértigo; llantas de la camioneta que embistió a Jorge “El Turco” Cafrune (Benavídez, 1978), con epígrafe del occiso: “Y aunque me quiten la vida/ o engrillen mi libertad/ o aunque chamusquen quizá/ mi guitarra en los fogones/ han de vivir mis canciones/ en el alma de los demás”; cajuela del Valiant que atropelló a Laura Damián (Tlalpan, 1973), con testamento de la occisa: La fuente de las musas; tubo de escape del Fiat Uno de Gesualdo Bufalino (Sicilia, 1996), con epitafio del occiso: “Perder me ha gustado siempre”; parrilla del Volvo de Saúl Yurkievich (cercanías de Aviñón, 2005), con comentario del occiso: “Así de golpe, proscripto,/ totalizó su nada”; rodamientos del DKW Fissore de Julio Sosa (Buenos Aires, 1964), con epitafio del occiso: “Los favores recibidos/ creo habértelos pagado/ y si alguna deuda chica/ sin querer se me ha olvidado/ en la cuenta del otario que tenés/ se la cargás”; neumáticos del automóvil no identificado que atropelló a Randall Jarrell (Carolina del Norte, 1965), con epitafio del occiso: “It was not dying: we had died before/ In the routine crashes”; parachoques intacto del Volkswagen escarabajo que arroyó a Mario Santiago, dejándolo cojo (Ciudad de México, 1996), con poética del atropellado: “Escribe como camina, a ritmo de chile frito”.

Foto: Martín Cinzano, Colonia Obrera.

La Jornada Morelos