Algunas aventuras de dos hermanos geniales

 

No podía haber mejor lugar que un restaurante con cierto toque cantinero, para que José René Cruz Revueltas, con generosidad y precisión de escritor, me ofreciera dos historias fantásticas de sus abuelos. Los dos relatos provienen de la tradición oral, que él ha tenido el cuidado de resguardar.

Después de la botana, una torta de pierna y dos cervezas, José René nos narra, pausadamente, esta aventura de su abuelo, José Revueltas. Esta historia tuvo lugar en la ciudad de Durango, y sus calles fueron testigo de la culminación.

En la ocasión, José Revueltas visitó su tierra natal porque habría una comida y una ceremonia para ser nombrado, por el gobernador, Hijo Predilecto del Estado de Durango, como reconocimiento por el premio literario otorgado a su novela El Luto Humano.

Se cuenta que, después del banquete que le habían ofrecido, que fue bastante formal y por lo tanto aburrido, Revueltas se despidió y volvió a su hotel, acompañado de sus anfitriones, excepto el Gobernador. En el lobby se despidió cálidamente de ellos, dejó sus pertenencias y su reconocimiento firmado por el gobernador en su habitación, y de inmediato salió en busca de un lugar donde tomar una copa. Para su fortuna, una cantina quedaba a la vuelta de la esquina. Al entrar en ella, con sorpresa, se encontró con que todos los miembros de la comitiva que lo había despedido minutos antes estaban cómodamente sentados en una amplia mesa.

Con nitidez imagino esa escena, estimados lectores, mas prefiero que mi amigo José René nos cuente lo que su abuelo, a su vez, le contó. Dijo que el día de esta historia singular terminó en la madrugada del día siguiente; entre risas, José Revueltas narraba que después de beber algunas copas, se le ocurrió de repente preguntar a los miembros de esa comitiva: “Estimados compañeros de copas, amigos todos, ¿alguien me puede decir cuáles son las atribuciones y privilegios de un hijo predilecto del estado? ¡Todas las que quiera usted ejercer! -me respondieron. Entonces, sin pensarlo, me puse de pie y en voz alta y sonora les dije: venga, vamos entonces a liberar a los presos”. “Con su sonrisa inconfundible, mi abuelo continuaba su plática.” “Algunos, atónitos y nerviosos, me acompañaron y fuimos a la cárcel, y saqué a los presos, bueno, no a todos, nomás a los de delitos menores, porque el pobre alcalde me imploraba: Ay, por favor, don José, a los sentenciados no, se lo suplico! Fue entonces que desfilamos con los recién liberados, en manifestación, por las calles de la ciudad, dando gritos de ¡Viva la libertad! Todos los de la comitiva terminamos sin plumas fuente, sin reloj y algunos sin cartera. Exactamente como le pasó a Don Quijote con los galeotes que liberó.” “Así, con esas palabras, recuerdo que mi abuelo terminaba esa historia.”

Al conocer esta fantástica crónica, pienso que en alguna de las calles transitadas ese día, que hicieron eco de ese grito libertario, debería colocarse una placa conmemorativa de esa madrugada. Habría que dejar memoria de esa manifestación encabezada por un hijo predilecto de esa ciudad, el gran escritor José Revueltas, quien supo de cárceles como ningún otro, por sus ominosas condenas en las Islas Marías y en el Palacio Negro de Lecumberri, donde fue preso por sus convicciones políticas.

La segunda historia familiar que nos regala José René tiene que ver con otro de sus geniales abuelos. Nos comparte que su hermano Cristóbal, quien es el protagonista de esta inesperada aventura, un viernes de hace varias décadas recorría acompañado de uno de sus grandes amigos en la Ciudad de México, y recuerda que después de algunos tequilitas y unas de las famosas tortas de chile relleno del Mercado de Garibaldi, se fueron caminando por lo que en esa época era San Juan de Letrán. Llegaron al número 42 de la calle de Mina, en donde los recibió la figura elaborada de mampostería de un gran gorila; estaban por entrar al King Kong, ese famoso centro nocturno de los años ochenta, que incluso fue descrito en algunas crónicas literarias.

Aquí me permito un paréntesis personal. Al oír el nombre de ese lugar, un relámpago de mi memoria me llevó a buscar un texto que yo había leído en un libro titulado Alta frivolidad, escrito por Margo Su y publicado por la editorial Cal y Arena, en 1990. En uno de sus capítulos aparece una descripción de ese lugar que permite imaginarlo tal cual era cuando Cristóbal y su amigo se sentaron en una de sus mesas. Así lo describía Margo Su: “Era un cabaret de ambiente selvático (de plástico), con sonido ambiental de trinos de diversas aves, ficheras de carnes perfumadas, y excepcionales atracciones. En su entrada lucía un enorme gorila”.

Esa noche en el King Kong, después de beber unas cubas, los dos amigos se aprestaron a ver el espectáculo principal. “Al apagarse las luces -Cristóbal narra emocionado a pesar del tiempo que ha pasado- de pronto el local se estremeció por los sonidos de un clarinete bajo, un gong y trombones, y después el discreto sonido de un fagot y de las maderas de la clave. Esa pieza musical era Sensemayá. Sí, no había duda, sonaba en el King Kong, con toda su intensidad, la obra magistral de su abuelo, Silvestre Revueltas; eran esos acordes geniales los que marcaban el ritmo a las voluptuosas bailarinas que estaban frente a él.”

Cristóbal confiesa que creía que estaba alucinando la escena y la música, pero no, era real lo que escuchaba, “y hoy, al recordarlo, puedo decir que nunca disfruté esos contrastantes sonidos como en aquella noche. Me atrevo a decir, sin temor, que también el propio Silvestre Revueltas, uno de mis abuelos, hubiera estado feliz al ver su obra bailada por esas mujeres de la noche.”

 

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

José Revueltas. Foto cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández