La aristas de la Generación Z

 

Desde que la red se empezó a trazar en los años sesenta del siglo pasado, no faltaron quienes pensaron que sería buen recurso para la política y la protesta, cuestión que se evidenció conforme el tiempo y la emergente tecnología se desplegaron. Fueron los boomers los que crearon la red, pero quienes empezaron a usarla para articular protestas fueron los integrantes de la Generación X (los nacidos en los años 60-70) e hicieron del correo electrónico, foros en línea, los primeros sitios web e incluso blogs, las zonas para propalar sus causas e intereses políticos reflejados en el apoyo al levantamiento zapatista en 1994, las protestas antiglobalización en Seattle en 1999 y en Génova en 2001 y en varios otros países al despuntar el siglo XXI.

Posteriormente, en 2010-11 la conjunción de la Generación X y los Millennials (nacidos a principios de los 80-90) echaron mano de Facebook, Twiter/X e incluso blogs para protagonizar la denominada Primavera Árabe (Túnez, Egipto, Libia, Siria); en 2011 se dieron los movimientos Occupy Wall Street (Estados Unidos) e Indignados (España); en 2012 se presentó en México #YoSoy132; posteriormente en 2013, se dieron las protestas en Gezi Park (Turquía) y en 2014 la Revolución de los Paraguas (Hong Kong).

A partir de 2018, hizo su aparición la Generación Z (los nacidos entre 1997-2012), apoyándose en Instagram, TikTok, Twitter/X, cadenas de hashtags y strikes digitales, fue protagonista de movimientos como Black Lives Matter (Estados Unidos), Fridays for Future, Huelgas climáticas (desde 2018 liderado por Greta Thunberg en Suecia) y diversas protestas desde 2024-25 en Asia (Bangladesh, Nepal, Indonesia) y México en 2025.

Al final, son movimientos, todos, multigeneracionales, convergentes. Tanto Generación X como Millennials e incluso Z, han podido dar paso a intensas movilizaciones y en ciertos casos han tenido efectos políticos claros. En el caso de la Primavera Árabe derivaron en derrocamientos de dictadores en Túnez, Egipto y Libia; mientras que en Siria dio paso a una guerra civil; pero todas terminaron en transiciones democráticas frágiles, con contragolpes autoritarios. En septiembre pasado, el gobierno de Nepal cayó tras intensas protestas anticorrupción lideradas por jóvenes que dieron vida a las «protestas de la Generación Z». Pero de estos procesos de participación juvenil articulados a lo digital, sobresalen dos cuestiones:

Por un lado, si algo define a esos movimientos es su incapacidad para articular un programa mínimo de acción y mucho menos generar un proyecto político de mediano alcance. Son efímeros, tienen más parecido a una especie de flash mob o, como lo denominó en su momento Howard Rheingold, smart mobs, caracterizados por congregaciones masivas y rápidas mediante redes sociales y smartphones, para protestar por causas políticas o para dar paso a acciones lúdicas, que alcanzan un efecto mediático inmediato, pero que se diluyen con la misma velocidad con que surgieron. Son movimientos capaces de alcanzar una explosión viral, traducirse en contingentes masivos en calles que incluso puede durar varias semanas, pero que luego se rompen y desaparecen sin dejar estructura organizativa alguna.

Es el culto al vértigo y la velocidad lo que está detrás de estos movimientos, rinden tributo a la intensidad y lo efímero: son veloces pero carentes de profundidad. Zeynep Tufekci (Twitter y gas lacrimógeno: El poder y la fragilidad de la protesta en red) analizó cómo los movimientos previos o analógicos (sindicatos, partidos) tardaban años en construir capacidad organizativa, pero cuando llegaban a la protesta masiva tenían infraestructura, liderazgos, recursos y experiencia. En cambio, los movimientos actuales, digitalizados, pueden llenar plazas y calles antes de haber desarrollado esas capacidades básicas de organización; para la generación Millennial y Z el trabajo previo de formar cuadros, negociar plataformas comunes, establecer mecanismos de toma de decisiones no solo es aburrido, sino que es contrario a su ideal de alejarse de las dinámicas burocráticas de los partidos y organizaciones políticas en general.

La segunda cuestión, es que la participación de los jóvenes en estos movimientos ha sufrido descalificaciones por los grupos en el poder, sean de derecha o izquierda. Se les califica de ser protestas manipuladas, de que detrás de ellos están intereses oscuros de la ultraizquierda o, como es el caso actual en México, de ultraderecha, que intentan derrocar al gobierno, o de ser orquestados por organizaciones o gobiernos internacionales que tienen el objetivo de generar disturbios sociales. Deslegitimar a los manifestantes como «manipulados», como menores de edad que son manejados, que les «lavan el cerebro», evita tener que abordar sus reclamos de fondo. Es un patrón que hemos visto en los movimientos estudiantiles del 68 en México, el #YoSoy132 o el Mayo del 68 en Francia, y hasta en múltiples protestas estudiantiles a lo largo y ancho del planeta. Incluso con las redes sociales, el argumento ha evolucionado: hoy son «influencers manipuladores», representantes de oscuros intereses, o de «fake news» quienes manipulan a los jóvenes. En algunos casos, la paradoja es que quienes fueron descritos como apáticos, como enemigos de los compromisos sociales, como la Generación Z que hasta se tipificaron de doomers o amantes del p(doom) después se les trate de agitadores manipulados.

Lo cierto es que los contagios colectivos derivados de las plataformas digitales de interacción social seguirán dando paso en determinados momentos y situaciones coyunturales, a protestas sociales intensas y frágiles, como en realidad es todo movimiento social, ya que los mismos son expresiones reactivas más que propositivas. Los movimientos tienen certeza de por qué protestan (desigualdad, corrupción, autoritarismo, inseguridad) pero tienen dificultad para articular y proponer soluciones concretas.

Cornelius Castoriadis dijo que la sociedad es fundamentalmente autocreación, un flujo magmático de significaciones imaginarias que constantemente se está instituyendo. Lo interesante es que el instituyente es el momento en que se da el impulso de transformación radical, donde emergen nuevas formas de pensar, sentir y organizar la vida colectiva. Es el terreno de la autonomía, donde la sociedad, sus componentes, cuestionan sus propias instituciones y leyes. La paradoja es que cuando los grupos políticos organizados que en su momento fueron parte del instituyente, que se desplegaron como movimiento social de mano de la protesta, cuando alcanzan el poder terminan necesariamente convirtiéndose en institución. Y toda institución tiende a la heteronomía, es decir, a ocultarse como creación humana y presentarse como algo natural, eterno, incuestionable, en última instancia puede llegar a lo que decía Feuerbach: sacralizar el poder, a posturas conservadoras. Es lo que ahora viven grupos de la 4T, que vienen de la izquierda. No solo son refractarios a la crítica y a la protesta en contra suya, sino que alcanzaron el poder para mostrar el cobre del que están hechos.

* @tulios41

Antulio Sánchez