(Primera parte)

 

 

Abreboca

Halagado y nervioso: Arístides Vargas le pide a Andrés Chávez que yo prologue este libro. Cruzo mensajes de whatsapp con el Negro, siempre cerrando la comunicación con besos para la Charo Francés. Cada vez que intento escribir “Arístides” el autocorrector del aparato infernal me lo cambia por “Aristófanes”… Borges dice que la casualidad no existe sino nuestra ignorancia sobre las causalidades. Luego de tres ocasiones en donde la aplicación del celular hace de las suyas me digo que es una conspiración. Al fin se lo comento al Negro. Me contesta con unos emoticones (aunque no lo crean el maestro usa emoticones) y un despreocupado “¡¡¡Es un griego que me imitaba!!!”.

Hoy soy un tipo de lector, diez años atrás era otro y, hace treinta, otro más. Pero siendo al mismo tiempo el mismo —y uno supondría que el de hoy tiene los colmillos más afilados—, el que escribe acá se siente quizá menos calificado para disfrutar del teatro de Arístides Vargas; porque las preguntas que me llenan la cabeza sobre los dispositivos que usa, y que son recurrentes, me llevan a echar mano del catalán Carles Batlle cuando habla del drama intempestivo. Ese tipo de escritura que se ha negado a que todos sus secretos sean develados, que se rehúsa a ponerle las cosas fáciles al lector-espectador y que en cambio demanda de este una posición alerta y activa, “colaborativa”, diría Humberto Eco en su Lector in fábula y en Obra abierta.

Porque los textos de Arístides te pierden en cuanto a cómo funciona la relación fábula-acción al tiempo que te arroba con la portentosa capacidad de construir frases poéticas, metáforas, oxímoros e ironías del tamaño de un monumento ácrata. Y por eso analizarlos en tanto maquinaria, en su funcionamiento, implica la renuncia al disfrute de sus diálogos fantásticos y demoledores. Fantásticos porque aluden a una realidad torcida, distorsionada por la imperfección de los múltiples espejos que el dramaturgo escoge para mostrarla mediante imágenes verbales-acción que obliga a releerlas y disfrutarlas como un manjar inaudito que por primera vez entra en contacto con nuestras papilas gustativas. A ese lector saboreador, sibarita, que hace años se encontró con la pluma del “Negro” Arístides, se ha de renunciar si se quiere saber cómo es que articula sus estructuras que, como dije, son bastante recurrentes o parecidas, no como demérito sino más bien como un gesto del autor que construye la obra de una vida; su obra en el tiempo. Cada texto, por tanto, es un fragmento de un conjunto mayor.

El tiempo y la memoria determinan la mayoría de ellos, excepto quizá Pluma y la tempestad. En La razón blindada, en cambio, la memoria huidiza es reemplazada por la necesidad de dos presos de acudir a la ficción del Quijote para escapar del encierro. El resto del conjunto resulta en un obsesivo ejercicio de anamnesis, de reconstrucción del pasado, de los que nos precedieron y sus taras, de las causas. Está presente en todas las obras e incluso en La edad de la ciruela: Celina y Eleonora hacen el ejercicio de detener el tiempo que tiene a la criada de la casa con el vaso que lavaba pegado a la mano sin que se despegue o caiga para hacerse añicos. En Jardín de pulpos, Antonia exhorta a José al sueño para que lo visiten los personajes de su pasado, porque solo en el ámbito de lo onírico puede reconstruir un sentido para el trayecto que le falta. Entonces, estas obsesiones de reconstrucción del pasado o de dilatación del tiempo se vuelven también estructura sobre la que trabajan las creaciones aristidianas o ¿vargianas? Las situaciones se nos presentan de manera lúdica y ¿absurda? Como latinoamericanos sabemos que el concepto de realidad y lógica suelen ser dignos de toda sospecha, y no le interesan a nuestro autor como rectoras de sus mundos, al menos no la lógica y la realidad aceptables por criterios tradicionales.

* Prólogo al libro Teatro al borde de la mesa del gran dramaturgo argentino-ecuatoriano Arístides Vargas (1954), uno de los autores más relevantes de la escena latinoamericana actual, publicado por la editorial colombiana Fundación Mulato en 2024.

Imagen cortesía del autor

JAIME CHABAUD MAGNUS