José Manuel Meneses Ramírez* 

La escalada de violencia extrema está asociada con la producción y consumo de drogas. Se trata de un flagelo desatado por la Guerra contra el narco y consolidado por la omisión de los últimos años. En último momento el fentanilo ha mostrado su capacidad territorializante. Es una de las drogas más efectivas cuando se trata de gobernar los cuerpos y determinar el territorio que ocupan, produciendo ghetos de adictos que superan cualquier representación cinematográfica de una ciudad zombie. Las imágenes virales de las calles de Filadelfia recuerdan el ambiente descrito por William Burroughs en Yonqui (1953). El cronotopo en el que se desarrolla la legendaria novela beat puede trasplantarse a un horizonte pos-pandemia, potenciado por la hiperconectividad de nuestro mundo y por la toxicidad superlativa de esta sustancia. 

Por su parte, las políticas de estado parecen ser más una justificación para presionar a las naciones productoras de los precursores de esta droga que una búsqueda real de alternativas que planteen soluciones. Sobre todo, si pensamos que el consumo y la demanda de estas drogas revelan el sórdido mundo en el que se sumergen los adictos, la omisión de las autoridades y la corrupción en ambos lados de la frontera. Se trata de un universo mucho más permeable de lo que les gusta aceptar.  

Violencia y drogas es un combo que Burroughs nos presentó, duro y directo, en sus letras como en su vida. No deja de ser inquietante las condiciones del asesinato de su esposa en la ciudad de México (septiembre de 1951). Sobre todo, si vemos el cinismo que está en cuestión, pues el escritor norteamericano vino a México, precisamente, para evadir la cárcel. Recordemos las notas del cinismo que indica comportarse como un perro o hacer gala de virtudes caninas: ocultarse temeroso de las autoridades, mendigar comida y actuar feroz, casi inmisericorde como los perros que le arrebataron la vida a Diógenes, mientras se peleaban los restos de aquel pulpo. Así como el protagonista de la novela, el escritor se monta en un proceso disolutivo de la ortodoxia indicada por la sociedad norteamericana. Sin dudarlo, hizo añicos a su familia, matando a Joan Vollmer en una ridícula recreación de Guillermo Tell.  

De tal modo, los pilares de las sociedades en occidente son sometidos a la mordida corrosiva de las drogas: el yonqui destruye su familia, nunca es preso de un trabajo, tampoco acepta la imposición del aparato escolar, la prisión no surte efectos correctivos ni de reintegración social y, por definición, el adicto socava su salud, dando la espalda a cualquier seguridad social. En el caso específico de Burroughs, este proceso disolutivo está ligado a una visión pesimista de las sustancias “la droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir”. 

La famosa Kensington Avenue de Philadelphia (The Zombie Drug City) es una versión metatextual de Burroughs. Es un argumento en contra de la escuela de Harvard y su determinación geográfica del tercer mundo. En este sentido, podemos pensar que hay una autopista que va de Sinaloa hasta Filadelfia. El tercer mundo parasita al primero, y en el corazón histórico del primer mundo se reproducen las condiciones de las naciones pobres. De eso se trata la novela, es portadora de una visión del mundo antagónica al espíritu norteamericano esgrimido por Benjamín Franklin. En efecto, para el yonqui el dinero es solo un medio para seguir el camino de las drogas y la libertad está en la disolución de los ejes que articulan nuestras sociedades. 

Se trata de un argumento en contra de la idealización de América y una muestra del valor heurístico de la literatura. En un mundo alterno, de representantes cultos, podrían encontrar en la literatura las mejores descripciones de los obstáculos que nos amenazan y que condicionan nuestro tiempo. De tal modo, los barrios más pobres, refugio de migrantes y clases bajas, son la manifestación más clara de una pesadilla americana que cierra el ciclo del idealismo político norteamericano. Desde esta perspectiva, la despersonalización es el proceso básico en la novela, la pérdida del rasgo humano y la fuerza disolutiva de las drogas que se inyectan. De tal modo, el trabajo de Burroughs sigue estando vigente porque describe nuestro mundo sin ninguna concesión al sinsentido del sueño americano. 

* Filósofo y politólogo. 

La Jornada Morelos