
Oliver Gracida*
Aquel misterio que por muchos siglos se presentaba ante los más grandes eruditos y pensadores, —la “caja negra” del ser humano, es decir, la mente— finalmente está logrando ser descifrado. Gracias al avance tecnológico y la consolidación metodológica contemporánea de las neurociencias, cada vez estamos más cerca de comprender en su conjunto los mecanismos físicos, químicos, eléctricos y farmacológicos (entre otros) que generan el fenómeno del pensamiento y las ideas, el mundo de las imágenes oníricas y los símbolos abstractos. Sin embargo, ¿Es esto realmente el Santo Grial o será acaso la verdadera Caja de Pandora? ¿Nos abrirá un universo de posibilidades clínicas, médicas y científicas o nos hará vulnerables, corruptos y víctimas de un infierno en la tierra? ¿Cuáles son las implicaciones sociales, éticas y políticas de desentrañar la mente humana?
Ya entrados en el año 2026, la neurociencia básica se ha quedado atrás, los actuales avances tecnocientíficos han logrado integrar una especie de ecosistema de neurotecnologías donde los datos se vuelven una mina técnica y económica. Un ejemplo de reside en la palma de nuestras manos todos los días, nuestros teléfonos celulares “inteligentes” son una gran mina de datos; diariamente interactuamos con ellos y los llevamos a todas partes, alimentando sus algoritmos y generando lo que llaman una identidad psicológica digital donde nuestros patrones de interacción dejan ver nuestras necesidades y deseos de consumo, nuestro estado de ánimo y factores tales como nuestra inclinación política o preferencia sexual. Estudios han demostrado que las empresas son capaces de saber que una mujer está embarazada antes de que ella lo sepa simplemente por los cambios en los comportamientos de su interacción con los dispositivos (vease caso Target).
La serie británica Black Mirror ha planteado algunos de estos futuros distópicos: en el capítulo “Common People” un matrimonio de clase trabajadora se ve rebasado cuando la mujer tiene un tumor cerebral inoperable y una compañía de neurotecnologías le ofrece un implante que le permitirá seguir con vida a cambio de pagar una suscripción mensual. Lo que inicialmente parece una solución médica se transforma en una pesadilla económica y existencial: el precio aumenta progresivamente y al no poder pagar se convierte en un canal publicitario viviente, obligada a emitir anuncios dentro de su propia conciencia. Aunque pareciese que la ficción exagera, la premisa que propone no es para nada absurda, expone la inquietud contemporánea sobre la mercantilización de la vida mental. Si las tecnologías que intervienen en la cognición humana se rigen por el mercado ¿Realmente es ficción pensar en el negocio de la supervivencia y libertad mental humana?
El filósofo Byung-Chul Han denomina psicopolítica a las formas contemporáneas de poder que operan directamente sobre la psique, extrayendo datos conductuales y emocionales que permitan optimizar comportamientos sin necesidad de coerción visible. La empresa Cambridge Analytica utilizó en la primera elección de Trump, y en el referéndum del Brexit información digital ilegal para construir modelos psicométricos capaces de dirigir propaganda política personalizada, explotando miedos e inseguridades específicas de cada individuo. Si algoritmos basados en datos de comportamiento digital ya son capaces de influir procesos y resultados políticos a gran escala, la mente humana se está transformando en la última frontera.
Aunque pareciera fatalista, la realidad y la historia deben hacernos considerar estas situaciones como posibilidades. El problema no se encuentra en las neurociencias como proyecto científico, sino en el margen económico y político que determina su desarrollo y su aplicación. Bajo sistemas de acumulación contemporáneos, las neurotecnologías podrían integrarse como herramientas de extracción cognitiva antes que como bienes sociales emancipadores.

El desafío de estos tiempos no es frenar el avance científico, sino impedir que la mente humana se vuelva un centro comercial. Debemos anticiparnos a las consecuencias sociales negativas de las neurotecnologías antes de que su integración económica vuelva irreversibles ciertas formas de dominación. La pregunta que queda abierta es si seremos capaces de ejercer esa responsabilidad antes de que nuestras mentes sean el último territorio colonizado por el mercado.
*Habitante del underground


