Victor Villarreal Cabello* 

Para controlar el movimiento de personas se usan retenes, formatos nuevos, filtros en aeropuertos, cierres parciales, aplicaciones para ordenar la fila y un lenguaje que se justifica como temporal. El problema empieza cuando la crisis se va, pero la maquinaria se queda. Aquí algunas notas de la instauración del control y la excepcionalidad a través de la permanencia infraestructural. 

La excepción es, en principio, un permiso para actuar fuera de lo ordinario. Lo excepcional se vende como paréntesis. Pero los paréntesis institucionales rara vez se cierran por sí solos. Entre el anuncio y la retirada hay un elemento que decide si lo extraordinario dura semanas o se vuelve cotidiano: la infraestructura. 

Infraestructura puede ser un muro o una reja, también es una oficina nueva, un contrato, un presupuesto, un protocolo, una base de datos, una fila digital, un lector biométrico, una ventanilla consular, un convenio con aerolíneas, una lista que administra turnos, un centro de alojamiento temporal que termina funcionando como sala de espera indefinida. Cuando algo se vuelve infraestructura, deja de depender de una coyuntura. Se convierte en una rutina. 

Durante la pandemia, los gobiernos activaron medidas extraordinarias con enorme aceptación social. En el terreno migratorio, una de las más visibles fue la expulsión acelerada de personas en la frontera entre México y Estados Unidos bajo el argumento de salud pública. Como ejemplo dos fechas clave: la Organización Mundial de la Salud levantó la emergencia sanitaria internacional el 5 de mayo de 2023. Y el llamado “Título 42” en Estados Unidos expiró el 11 de mayo de 2023. Una vez probado que se puede cerrar, filtrar y acelerar devoluciones con procedimientos administrativos, el Estado gana herramientas. Y esas herramientas suelen reaparecer con otros nombres y otras justificaciones. La excepción cambia de uniforme, pero conserva el músculo. 

México ofrece un caso claro de cómo esas llaves se encienden y apagan conforme cambian los flujos y las presiones. En agosto de 2021, la Secretaría de Relaciones Exteriores anunció la suspensión temporal de la exención de visa para Ecuador. En diciembre de 2021, la misma cancillería modificó el procedimiento de viaje para pasaportes brasileños, eliminando un esquema previo de autorización electrónica y moviendo el control hacia otro formato. En enero de 2022 entró en vigor el requisito de visa para personas venezolanas. Y la historia sigue. El 5 de febrero de 2026 entró en vigor la visa electrónica para nacionales de Brasil que viajen por vía aérea, como medida para facilitar flujos turísticos y comerciales. Estos son algunos ejemplos de cómo se utilizan medidas excepcionales con un cierto grado de permanencia 

¿Por qué importa esto para hablar de excepción? Porque una política de visas no es un simple papel. Es una infraestructura jurídica y operativa que desplaza el control hacia consulados, aerolíneas y sistemas digitales. En términos prácticos, convierte a empresas privadas en filtros, obliga a comprobar documentos antes del embarque y reduce la posibilidad de pedir protección una vez en tránsito. Es arquitectura administrativa, hecha para durar.  

La excepción también se fija en el territorio. Cuando un gobierno decide “contener” o “ordenar” flujos, aparecen espacios dedicados: centros de alojamiento temporal, campamentos, estaciones migratorias, zonas de espera en aeropuertos, nodos de registro y clasificación. Estos lugares suelen justificarse como respuesta humanitaria. Pero al estabilizarse con personal, presupuesto y reglas operativas, terminan funcionando como un sistema de inmovilidad administrada: el Estado no necesita declarar una emergencia cada semana, porque la capacidad material ya está institucionalizada repetible.  

Los aeropuertos, por ejemplo, operan como infraestructuras donde se modifica el movimiento y se ajustan garantías en nombre del orden administrativo.  Y también cómo las políticas de visas y controles a distancia funcionan como una infraestructura global que filtra antes de que la persona toque territorio. 

La frontera y su complejidad es, en parte, un conjunto de máquinas, reglas, pantallas, sellos, turnos, puertas y silencios que decide quién puede moverse y quién debe esperar. La excepción a veces llega como actualización del sistema, como trámite “provisional”, como medida “técnica”. Pero su efecto es el mismo: vuelve extraordinario lo que debería ser simple, vuelve incierto lo que debería ser derecho, vuelve rutinaria la suspensión de garantías. Cuando se diga que es temporal, conviene preguntar qué están construyendo. Porque lo temporal se evapora, pero lo construido permanece. Y cuando se vuelve infraestructura, ya no necesita excusas: la máquina de deportación funciona con cierta autonomía. 

*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo. 

Víctor Villarreal Cabello