

Algunos titulares de noticias sobre migración son: «Lideres europeos dialogan en Bruselas el tema ucraniano y de Medio Oriente en torno a la migración» (Krupa, 2025) y «Suprema Corte permite a Trump deportar migrantes a terceros países» (Aljazeera, 2025). Estas noticias no son más que casualidades del destierro si volcamos lo marginal/esencial al centro: el imperio liberal nacional como sistema operativo de la organización global. La replicación del modelo estado-nacional como reminiscencia cristiana de una iglesia nacional, en suma, la idea casi religiosa de liberalismo. Es decir, imperio, liberalismo y nacionalidad son ideas en constante tensión que producen este tipo de noticas. Aquí algunas notas.
No sé si más allá de occidente la vida gira entre dualidades: blanco y negro, arriba y abajo, izquierda y derecha. El enjambre de pueblos occidentales con este ir y venir crearon un repertorio de ideas en común. Ideas, maneras y entusiasmos con rumbo a la par sugirieron un destino progresivamente homogéneo que resuena a paradoja. Así, homogeneidad y paradoja no fueron más que otra andanza. Esos desplantes requieren de energía y dinamismo. El cristianismo avanzó junto con la producción de sistemas de creencias, el modelo imperial romano empujó a pensar diversas formas de gobierno y las ciencias dieron forma a modelos racionales de pensamiento. El deseo de la producción de constituciones y derechos homogéneos avanzaron, pero despertaron o encontraron contrapunto en el renacimiento romántico de los nacionalismos.
Todo esto que menciono tiene un sentido: la fuga es desplante. Para que el péndulo ande se necesita energía. Energía que emerge del vientre y sube a la garganta discursiva para replicar odio hacia las otredades. Ahí los choques noticiosos de uno al interior y otros al exterior. No importa si es Trump contra los migrantes del mundo entero o los europeos con sus antiguos Estados coloniales, la tensión es la misma: proteger lo de adentro. Algunas respuestas deben de estar en los contractualistas: Hobbes, Rousseau, Locke y Montesquieu. En ese laboratorio textual europeo se consensuo lo que ya era profundo, la existencia de las naciones, pero con una forma institucionalizada. Sa sabe que estos filósofos originan el Estado-nación, pero ¿Quién origina las naciones? ¿En qué momento me digo de un grupo y no de otro? Esta condición del yo y el otro engendra instituciones, y esas instituciones restructuran aquella condición. Relación dialéctica siempre entre yo y otro, entro varios yos y otros.
El imperio tiene la intención de replicar una idea de comunidad, de algo común alrededor de la condición del espacio. Pero las opciones que nos dejan los contractualistas están caducas: mudarse o reorganizar el Estado en conjunto. El espacio está ocupado y el poder es monopolio de la democracia. Espacio, poder y pueblo. Esa soberanía que emerge del pueblo, a saber, quién sea el pueblo, y luego están los pueblos que migran, parecieran que abandonan su soberanía en su lugar de origen ¿Entonces el poder del pueblo está en los puños de tierra o en las gentes que se quedan? ¿No hay capacidad de opción real o está condicionada? ¿Dónde está la libertad de movimiento? ¿Y si la soberanía se moviera con sus gentes? ¿Y si el poder del pueblo que legitima a algunos Estados no emerge de las personas? Estas palabras dejan más preguntas que respuestas, pero el que duda está entre una cosa y otra. En un péndulo.
Los nacionalismos siguen presentando tensiones en un mundo que pugna por homogeneidad y por pluralidad, pero no por diversidad y democracia. La respuesta está entre agujas muy finas y convulsas. No sé si el lenguaje es limite como dice Wittgenstein o si el lenguaje me está limitando como afirma Ortega y Gasset, lo que sí sé es que en el movimiento que hacen los migrantes y los rastros de las fronteras que cruzan se dibujan esas tensiones. Son pistas de algo más que movimiento, espacio y tiempo.
*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.


