Nostalgia por la opresión o de las migajeras del patriarcado

 

Usted, sí, usted que por gusto o accidente llegó a este texto ¿no le da curiosidad preguntarse por qué tanta gente se forma para corear a todo pulmón “rómpeme, mátame, pero no me ignores” en un país donde a las mujeres las siguen matando todos los días? Se lo pregunto de manera franca, porque de verdad me intriga. A veces pienso que hay algo fascinante —y peligroso— en esta manía de desempolvar canciones, series y chistes que celebran justo lo que nos ha costado tanto cuestionar, ya sabe la nostalgia por la opresión.

Yo le llamo nostalgia por la opresión a esa emoción compartida que convierte en meme y karaoke los relatos que nos decían cómo debía dolernos, servirnos y callarnos. Piense en Mentiras, por ejemplo. Un revival de hits ochenteros con brillo rosa, promesas de “sororidad” —bastante forzada— y mucho romance torcido. Una historia que, seamos francas, no pasa ni de lejos el Test de Bechdel: mujeres que se encuentran, sí, pero para hablar de él. Si quiere una palabra “más de chavos” para eso, ahí tiene: migajeras. Un insulto que el patriarcado nos arrojó para burlarse de las mujeres que, sin saberlo, normalizan sobrevivir con lo que les dejan.

Y si esto le parece exagerado, piense en otras joyas que todavía aplaudimos. Como la bio de Chespirito, por ejemplo, ese prócer de la infancia que endulzó la pobreza y la violencia infantil con risas grabadas. Un señor que en los noventa hizo campaña contra el derecho a decidir porque —según él— si el aborto fuera legal no habría nacido. Imagínese una infancia sin cachetadas televisadas, sin bromas que justifican el golpe, sin la risa de fondo que normalizó la humillación como diversión.

Discúlpeme si sueno amarga —sí, soy una amargada—. Y sí, me incomoda el regreso triunfal de estas ficciones a nuestras pantallas, envueltas en nostalgia, listas para silenciar la incomodidad con un coro pegajoso.

Mire usted otra canción de esas que regresan: “Fíjate, fíjate en tu secretaria”. Décadas de burlarse de las mujeres que se atrevieron a ocupar oficinas, escritorios, juntas. Todas ellas, según la letra, solo querían seducir a su jefe. Un himno para sembrar desconfianza en cada mujer que se integra a lo público y lo laboral. ¿Y de eso nos reímos todavía? Pues sí.

Mal citando a Marcela Lagarde la cultura patriarcal se teje en lo cotidiano, u otras feministas que nos advirtieron que, sin conciencia crítica, el amor romántico —y su versión pop— es apenas otro mandato de sumisión. Silvia Federici nos recordó que nuestros cuerpos —y trabajos— siempre fueron el botín que mantiene viva la maquinaria. Y Foucault, en Vigilar y castigar, lo soltó clarito: Adaptarse, muchas veces, no es elegir, sino reproducir lo que otros diseñaron. El poder se infiltra en cada gesto, cada frase, cada costumbre que creemos inofensiva.

Por eso me pregunto —y le pregunto a usted—: ¿qué tipo de nostalgia alimenta nuestro sentir- pensar? ¿Qué ganamos con traer de vuelta lo que debería haberse ido para siempre?

No digo que tire su playlist ochentero, ni que cancele cada serie cursi. Solo propongo que nos demos permiso de incomodarnos. De observar lo que cantamos, reímos y compartimos. De cuestionar si de verdad elegimos lo que consumimos, o si preferimos sostener, con humor, el pacto de silencio que hace negocio de nuestra docilidad.

La próxima vez que suene “rómpeme, mátame, pero no me ignores”, respóndase ¿qué tanto de esa frase sigue siendo literal? Y si la respuesta incomoda, bienvenida sea. De la incomodidad también brota la tormenta.

Imagen cortesía de la autora

Denisse B. Castañeda