

¿origen es destino?
Vivir en vecindad con los Estados Unidos de América no ha sido fácil para México. El origen político/cultural/civilizatorio de ambos países, así como su desarrollo como países independientes, ha sido claramente distinto, y no ha dejado de ser fuente de tensiones y desencuentros, aunque también se han generado vínculos pragmáticos que benefician a ambas partes.
En referencia a los seres humanos, hay una creencia no suficientemente disputada de que “origen es destino”, esto es, que las condiciones y circunstancias del nacimiento influyen de una manera determinante en el futuro de la persona. Esta controversial afirmación da cabida a ciertos matices y precisiones, sobre todo por parte de quienes rechazan el determinismo existencial, y para quienes la libertad y el esfuerzo humano son los motores del desarrollo personal.
Este debate puede hacerse extensivo al origen y destino de los países, y de su relación con los demás. La historia misma puede dar suficiente cuenta de la caracterización de este fenómeno, y sobre todo validarlo a la luz de los últimos tres siglos en los que el modelo de Estado/Nación se ha generalizado en el mundo. En ese marco debemos ubicar la relación entre México y los Estados Unidos, la cual ha marcado ventajas y desventajas mutuas en lo económico, político, social y cultural.
Sin lugar a dudas, el hecho histórico que más ha influenciado en la conciencia colectiva de los mexicanos ha sido la derrota que nuestro país enfrentó en la guerra inducida por el país del norte (1846-1848), que culminó con la formalización de” compra” de la mitad del territorio mexicano en la irrisoria suma de 15 millones de dólares y la condonación de deudas de algunos particulares, pero que en los hechos fue una cesión obligada del territorio. El eco de aquellos eventos no se ha perdido en el tiempo, sino todo lo contrario.
El fenómeno de la reproducción de la cultura mexicana en esos territorios, y en otros no originalmente poblados por mexicanos en el norte y noreste de los Estados Unidos, así como la pésima gestión histórica de la migración forzada por razones económicas hacia ese país, ha incrementado el orgullo de las identidades, ha agudizado las tensiones sociales binacionales, y ha provocado un repunte en la discriminación.

La condición de indocumentados de millones de mexicanos ha sido beneficiosa para la economía de las dos naciones, pero muy inconveniente para los propios conciudadanos. No ha habido voluntad política de arreglar esa situación, sobre todo, por parte del gobierno estadounidense. La irracionalidad del presidente Donald Trump, sobre éste, y prácticamente todos los asuntos de su política interior y exterior, es inconcebible.
La frontera norte entre México y Estados Unidos tiene una longitud de poco más de 3,000 kilómetros, y corre del Océano Pacífico hasta el Gofo de México, lo cual facilita el flujo de indocumentados de México y de otros países que aprovechan esa situación. Esto ha dado pie al gobierno actual estadounidense de alegar asuntos de seguridad nacional, para combatir impunemente a los inmigrantes.
En cuestión de economía, los dos países son mutuamente dependientes en muchos sentidos, y son el principal socio comercial uno del otro. La mano de obra mexicana en el campo, en los servicios y en la construcción, sobre todo en algunos estados como California, es vital, y lo mismo sucede, como contraparte, con el flujo de divisas que dichos trabajadores envían mes a mes a sus parientes en México; sin embargo, la asimetría en el tamaño de las economías favorece sin duda más a los Estados Unidos.
Otro punto central de desencuentro es el referido al narcotráfico y al comercio de armas, situaciones que los estados unidos no tienen ninguna intención de solucionar de raíz. Las adicciones a todo tipo de drogas de grandes núcleos de población estadounidense, y el negocio que eso significa, explican en buena medida el proceso de decadencia en el que se encuentra el país del norte, y la inseguridad que se vive en México.
¿Qué puede hacer México como país independiente frente a esta realidad? En visión reactiva, imaginar mecanismos que amortigüen los efectos negativos que ya nos están causando las medidas desesperadas de nuestro decadente vecino, y las cuales habrán de agravarse, en el intento por evitar la pérdida de su condición hegemónica mundial.
En visión proactiva, trabajar con toda seriedad en cinco líneas de política pública, y de reconfiguración de un modelo de organización nacional, sustentado en la autoestima y en el principio de soberanía nacional:
1. Hacer una reingeniería de la economía nacional, en lógica del Plan México, trabajando para el consumo nacional, más que para la exportación, con alianzas claves bajo el nuevo modelo mundial multi-nodal promovido por los países del BRICS.
2. Debilitar en serio los flujos de droga y de lavado de dinero en el país, independientemente de lo que los Estados Unidos decida hacer en ese sentido. El tema de la “colaboración binacional” ha sido una cortina de humo, para no hacer nada que realmente resuelva el problema.
3. Replantearle al gobierno del país vecino un modelo de vinculación laboral de trabajadores mexicanos, por contrato temporal, por sector y estacionalidad.
4. Aplicar con todo rigor un “sistema de consecuencias” a las violaciones del Estado de Derecho y a los actores involucrados en actos de corrupción. Para ello hay que completar la renovación de nuestro sistema de procuración y administración de la justicia.
5. Reformular condiciones y criterios de acceso y permanencia en todos los puestos de elección popular, bajo un modelo de incentivos que atraigan sólo a quienes tengan las capacidades y motivaciones de servicio público.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.
Imagen cortesía del autor

