I

Así como las profundidades del mar permanecen siempre en calma por muy furiosa que la superficie pueda estar, también la expresión en las figuras de los griegos revela, en el seno de todas las pasiones, un alma grande y equilibrada.

Johann Joachim Winckelmann

En la página 180 de su heroica y desaforada travesía por el siglo XIX, impecablemente presentada como Fantasmas de la luz y el caos, editada en el año 2018 por Ediciones Era de México, el escritor Jorge Aguilar Mora refiere el nacimiento de dos símbolos, ocurrido en el siglo previo, año de 1755. “El primero proponía que para volvernos inimitables tenemos que imitar a los griegos, tenemos que volvernos griegos; y el segundo, que la auténtica obra de arte debe tender hacia la belleza ideal”. Estas recomendaciones las hizo el bibliotecario, historiador y arqueólogo alemán, Johann Joachim Winckelmann, en su libro Gedanken über die Nachahmung der griechischen Werke in der Malerei und Bildhauerkunst (Reflexiones sobre la imitación de los griegos en la pintura y en la escultura). Es notorio que sus propuestas son francamente autoritarias y ven claramente la preminencia del pasado en detrimento del futuro. Es arrogante la idea de que el genio de los griegos ha abrevado en los manantiales de la naturaleza, a tal grado que su hermoso y portentoso cielo azul fácilmente originó tantas obras de belleza avasallante. Además, imitar a los griegos para volverse inimitable y buscar autenticidad en el arte mediante la belleza ideal, debió ser en su tiempo un inequívoco signo pretencioso de la elite culta. Imitar es una práctica común en todas las tribus de este planeta, un acto involuntario que, en el mejor de los casos, le conviene ir más allá. Imitar a los griegos no es un mal consejo, pero siempre conviene más ser uno mismo, con todos los riesgos que implica no ser griego. El poeta alemán Friedrich Hölderlin, que consideraba indispensables a los griegos, era muy precavido al pensar así: “aunque eso no significa que los seguiremos al formar nuestro propio espíritu nacional, porque lo más difícil de todo es el uso de lo que es propiamente nuestro”.

II

¿Cómo leer los signos de la muerte inesperada, que ronda esos últimos días -que son también de despedida- de una existencia particular y todo lo que ella contiene?

“Escribir con la muerte en contra”, Felipe Reyes Flores

Todo sucede en silencio, o al menos en ese estado al que podemos definir como silencio. Porque, si lo sabemos percibir, tal cosa como el silencio no existe. Por ejemplo, mi silencio actual, a estas altas horas de la noche, está compuesto por el crepitar de los grillos en el jardín, acompasado por el motor del refrigerador, que discretamente se apropia de la cocina, y un repentino ladrido de caniche. En ese silencio transcurren mis pensamientos, mis reflexiones a propósito de un pequeño dispositivo que hace unos días me llegó desde el sur del continente, editado por Carbón Libros: Romper el mar congelado, de Felipe Reyes, un escritor, músico y editor nacido en Santiago de Chile, año 1977. Ese título, kafkiano como el solo, propone un ejercicio que toda actividad humana debería proponer: “romper el alma congelada que tenemos dentro”. En el fondo, lo sabemos sin aceptarlo, somos glaciares en permanente deshielo, buscando una chispa que nos encienda. “Caminar es conocer”, advierte Felipe Reyes, al iniciar una intensa caminata por la ciudad real y por los callejones y veredas que la literatura construye, como andamios interiores de la memoria. “Las calles nos hablan, pero somos nosotros quienes debemos preguntar: si no las interrogamos, las calles callan”. Y luego la bohemia, expresión inequívoca de esos mundos que se sumergen en los sortilegios de las voluntades indómitas, dispuestas a garabatear sus vidas a través de los placeres que el instinto provee, para escándalo de las buenas conciencias. Las palomas como asunto de una reflexión que aletea por los suburbios de la música, las canciones, los relatos y los correos amorosos, a contracorriente con quienes proponen su extinción, sin entender que los primeros en avanzar hacia el cadalso tendrían que ser los humanos. En fin, esta es una sutil muestra de lo que Felipe Reyes se propone para “romper el mar congelado que tenemos dentro”.

Un hombre parado en una montaña

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El Caminante sobre el Mar de Nubes
Caspar David Friedrich

Raúl Silva de la Mora