

La casa de mi tío Pedro
El reencuentro con mi primo Martín no solamente me llevó a mi infancia, a los nombres y recuerdos de mi familia materna, sino también a construir una amistad que se reafirma en cada ocasión de vernos. Poco a poco han ido apareciendo, sin premeditación, esos nombres que acompañaron mi niñez y adolescencia: Pepín y Víctor, hijos de mi tía Esperanza, con los que jugaba futbol de “colareditas” en el patio de mi casa de Laguna de Guzmán; mi tía Cuca, que pasó muchos años en lo que ahora es el lugar que habito, la casa de la Palmera, en la colonia Portales, y del recuerdo imborrable aunque difuso de las bellísimas piernas de su hermana Teresa. Y sobre todos los recuerdos, la presencia inconfundible de mi tío Rafael, con su bigote inseparable, y la sonrisa generosa de su hermano Pedro Coronel, padre de mi primo Martín.
Desde el reencuentro con mi primo Martín, nuestras reuniones se han convertido en brindis sucesivos de la amistad colmados de conversaciones interesantes y divertidas. Por éstas, me he entrado de sus trabajos como curador de la obra de su padre, de la producción de finísimas serigrafías de esa deslumbrante obra pictórica, de los esfuerzos complicados para montar exposiciones, una de ellas inolvidable en el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México, otras en Zacatecas, y una última presentada este junio de 2024 en París, con el título “Le Retour des Coronel a Paris” que fue la ciudad donde Pedro vivió y creó por años parte de su obra. Sin olvidar que mi primo es también un artista plástico, su magnífica cerámica realizada por años es testimonio de ello.
En la última comida juntos, mi primo, pienso que como un regalo por mi cumpleaños, me invitó a conocer los trabajos que él mismo dirige de la remodelación y restauración de la casa-estudio donde vivió y trabajó su padre en la CDMX. La invitación fue un jueves en que yo iría a la capital, desde mi actual terruño, Cuernavaca. Ese día, tomé un taxi en la estación de autobuses de Taxqueña y le pedí que me llevara al Callejón de las Cruces en la colonia San Jerónimo Lídice. Sin embargo, no fue fácil encontrar la casa con el número que me había indicado, ya que en ese barrio no existe orden en la numeración, las casas pueden pasar del 18 al 32, regresar al 15 y volver a subir al 49, y así seguir, por todas esas calles y callejones. Es como si cada inquilino al construir su habitación le hubiera puesto el número de su preferencia y gusto. Fue tan complicado el asunto que opté por llamar a Martín al celular para encontrarlo. Riendo y bromeando, me dijo: regresa hacia abajo unos cien metros, yo estaré parado en la puerta. Al llegar me encontré con la primera maravilla de la visita: una gran y muy antigua piedra redonda de molino adquirida por mi tío hace muchos años. Así entré al mundo íntimo de un artista, todo un viaje de emociones.
Debo confesar que no conozco mucho de arquitectura, sin embargo al entrar a la estancia principal de la casa y ver una escalera sin barandal que sube a la planta alta, su bellísimo diseño me recordó algunos espacios que había visto antes, y al preguntar sobre quién había participado en el proyecto de estos recintos, Martín me explicó que el diseño de la casa había trabajado el arquitecto Andrés Casillas, uno de los mejores discípulos de, ni más ni menos, Luis Barragán.
El segundo impacto fue también inmediato: en un muro de esa planta baja, que fue el estudio de Pedro Coronel desde 1970, quedé deslumbrado ante un óleo de gran formato (260 x 240 cm). Ante la emoción que provocan sus colores, que yo llamaría “colores Coronel”, tengo, querido lector, que ayudarme de las palabras que escribió Octavio Paz en 1961 sobre una exposición de Pedro en la Galería Le Point Cardinal en Paris: “Pasión es la palabra clave en el universo de Coronel. Pasión: sensualidad, violencia, alegría solar y trágica, soberanía del rojo y amarillo”.

Las sensaciones que me sobrecogieron en esa visita eran un torrente imparable, impulsado por todo lo que veía y también por las palabras de mi primo Martín, que me llevaban a la vida cotidiana de ese gran creador, que además era mi tío.
Me habló de su costumbre de pintar por las mañanas en la planta baja y, por las tardes, en la parte más alta de la casa, a donde subí por una escalera muy estrecha. La explicación fue muy sencilla, casi obvia, pero para mí reveladora: la razón de ese cambio de espacio era la diferente tonalidad e intensidad de la luz a lo largo del día. Después, al bajar, recorrimos el jardín en donde Pedro organizaba las comidas con los amigos, todas ellas siempre en fines de semana. Al escuchar quiénes eran esos comensales, deseé que el estudiante que terminaba su carrera de biólogo que yo era hubiese sido invitado a esas tertulias, pero entendí porque no habría sido posible, claramente, porque eran reuniones para adultos. En esa mesa presidida por Pedro conversaban, comían y bebían, Francisco Corzas, Fernando García Ponce, Eduardo Cohen y algunas veces también estaba presente Rodolfo Nieto. Qué maravilla han de haber sido esas convivencias acompañadas de la amistad que compartían esos grandes pintores, bajo esos árboles de tejocotes que todavía están de pie en ese jardín.
Mi primo me invitó a sentarnos en ese gran salón y, ya con una cerveza en la mano, gozar detenidamente el gran óleo bautizado por su padre como “Año uno Luna”, pintado en 1969, en homenaje al día en que el hombre pisó la luna. Frente a esa maravilla pictórica, Martín me contó sus planes de remodelación al tiempo que me mostraba dos libros sobre su padre. Antes de irnos a comer nos dio tiempo de brindar, como aperitivo, con un espléndido whisky.
Al salir de esa casa en busca del restaurante que mi primo había elegido, recordé algunas palabras de mi tío Pedro que quiero compartir citándolas textualmente para evitar, por la emoción, trastocarlas. Esto dijo Pedro Coronel en una entrevista al periódico Excélsior en el lejano año de 1959: “Siempre he pensado que la pintura es una entrega total y que el pintor debe tener la conciencia de que esta tarea es tal vez superior a sí mismo; tener la humildad de saberlo y la decisión de nunca renunciar a intentarlo todo. Creo que toda la esencia actual de la pintura debe renovase, porque el arte es expresión de vida”.
De esa visita quedará grabado, para siempre, el recuerdo revivido de ese hombre que conocí de niño y a quien por última vez vi en la Casa Neri, el restaurante oaxaqueño que quedaba en Portales a solo dos cuadras de mi casa, donde él volvió a regalarme su cálida sonrisa, un abrazo y sus recuerdos de mis padres, su prima Carmela y el Doctor Orta, mientras le entregaban una olla con mole negro que había pedido para llevar a su casa de Callejón de las Cruces.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)


