Dicen que ya no quedan hombres como los de antes. Pero, si somos honestos, tampoco quedan mujeres como las de antes, así que estamos empatados en el desmadre evolutivo.

Y no lo digo con reproche, sino con esperanza, porque lo que desapareció no fueron los hombres, sino la vieja idea de lo que debían ser. Esa versión rígida que los medía por su fuerza, su silencio y su capacidad para aguantar sin quebrarse. Por fin, esa armadura empieza a resquebrajarse y, de las grietas, está saliendo algo más humano. Durante décadas, ser hombre fue un acto reflejo, casi un mandato genético. Nacías, te salía la voz más grave, un poco de vello, y te entregaban el mismo guion de siempre… no llores, no temas, no sientas. Con eso bastaba. Nadie te enseñaba a nombrar el miedo ni a sostener la fragilidad de otro sin sentir que algo se te rompía por dentro. Los formaron para reparar cosas, no corazones; para arreglar cables, pero no vínculos. Sabían cambiar un neumático, pero no gestionar una conversación incómoda. Y cuando llegaba la edad de ser padres, sabían usar el cinturón o la chancla, pero no las palabras. Crecieron así, con herramientas en la mano y emociones guardadas en una caja que nadie les enseñó a abrir. El problema es que el mundo cambió, y los pobres siguen buscando el botón de “actualizar software”.

El otro día hablaba con un amigo, uno de esos que todavía se autodefinen “a la antigua”. Me dijo, medio en broma, medio en serio, que ya no entendía a las mujeres modernas. “Antes era fácil —me dijo—, con ser proveedor y fuerte ya estabas aprobado”. Lo escuché mientras me lo imaginaba como un viejo teléfono analógico intentando conectarse al WiFi, y me dio ternura. Porque sí, la confusión es real.

La llamada “desmasculinización” —que suena a castración, pero es simple evolución emocional— los tiene perdidos entre memes de terapia, reels de coaches y videos de tipos con barba hípster prometiendo enseñarles a “reconectarse con su energía alfa” por solo 49.99 dólares.

El pobre hombre moderno no sabe si tiene que aullar a la luna, escribir un diario o descargarse una app de mindfulness para entender qué le pasa. Y, claro, en medio de ese ruido, hay quienes se sienten atacados. Piensan que la igualdad les robó algo, que el feminismo les quitó el trono. Pero no. Nadie les robó nada; simplemente los invitaron a bajarse del pedestal y sentarse a la mesa con el resto de los mortales. El problema es que, para muchos, mirar a una mujer de frente y tener una conversación honesta todavía da vértigo.

Yo crecí rodeada de hombres de los de antes, de esos que decían “no llores, aguántate”, como si las lágrimas fueran ácidas y deformaran la cara. Todos ellos eran hombres buenos, sí, pero prisioneros de una historia mal contada. Crecieron creyendo que el silencio era carácter, que la tristeza se cura con trabajo y que el amor se demuestra pagando la cuenta. Y, aun así, los defiendo, porque con las herramientas que tenían, hicieron lo que pudieron. Pero algo está cambiando. Lo veo en los hijos de mis amigos, en los novios de mis sobrinas, en los hombres que empiezan a mirarse por dentro sin miedo a lo que encuentren. Ya no quieren dominar, quieren entender. Y aunque tropiezan con los viejos moldes, los veo aprender sin manual, improvisando ternura sobre la marcha, y me dan ganas de aplaudir. Hay algo profundamente hermoso en ver a un hombre intentando poner palabras donde antes solo había silencios. Ese momento torpe en que dice “estoy triste” y la voz se le quiebra, como si hablara un idioma que nunca practicó, me desarma.

A veces me preguntan si los hombres se están volviendo blandos, y confieso que me da risa. Yo también soy chapada a la antigua y crecí creyendo que el hombre debía tener las tres F: feo, fuerte y formal. Pero el mundo ya tuvo suficiente testosterona sin brújula. Lo que necesitamos no es borrar al hombre tradicional, sino recordarle su sentido. El hombre debe seguir siendo proveedor y protector, pero no solo de dinero, sino de calma, de valores, de respeto. Debe seguir siendo fuerte, pero no para dominar, sino para sostener. Debe seguir siendo cabeza, pero con corazón. Necesitamos hombres despiertos, capaces de defender sin destruir, de mandar sin humillar, de proveer sin olvidar que también pueden recibir. Hombres que entiendan que sentir no los desarma, que pedir ayuda no los debilita. Porque, si algo debiera extinguirse, no es la masculinidad, sino la versión que confunde silencio con fortaleza.

Y ese silencio, a veces, mata. Las cifras no mienten, tres de cada cuatro suicidios en el mundo los cometen hombres. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 77% de los suicidios globales son masculinos, y en la mayoría de los casos nunca buscaron ayuda profesional. En América Latina, la tendencia es igual de alarmante; en México, por ejemplo, por cada mujer que se quita la vida, hay casi cinco hombres que lo hacen. No murieron por falta de fuerza, sino por exceso de silencio. Por miedo a parecer débiles, por no saber cómo pedir auxilio sin sentirse menos hombres, por el mandato absurdo de resistir a toda costa, aunque el alma se les esté deshaciendo por dentro. Y, mientras tanto, seguimos repitiendo frases como “los hombres ya no aguantan como antes”. Ojalá no aguantaran tanto. Ojalá hablaran antes de romperse.

Una vez escuché a un psicólogo decir que “es más fácil controlar a un hombre que no siente”. Déjame repetirlo, “es más fácil controlar a un hombre que no siente”. Porque, claro, un hombre desconectado de sus emociones es perfectamente funcional para el sistema, el “godín perfecto. Trabaja, produce, calla, no se queja, se traga el dolor, obedece sin cuestionar. Un hombre sensible, en cambio, es peligroso, porque un hombre que siente no puede seguir fingiendo que todo está bien. No puede mirar a otro sufrir y quedarse quieto. No puede ser cómplice de lo injusto sin que le tiemble algo adentro. Por eso, tal vez el verdadero acto de rebeldía masculina hoy sea sentir. Sentir sin culpa, sin esconderse, sentir hasta que se le caigan las máscaras heredadas de los abuelos que nunca pudieron hacerlo.

No todos llegan al mismo tiempo. Algunos todavía creen que cuidar a los hijos es “ayudar”, que la ropa se plancha sola o que la terapia es para los débiles. Pero cada vez hay más hombres que entendieron que tener la razón no basta si se pierde el alma, el amor y el respeto en el intento. Ese giro —del ego a la conciencia— ya es una victoria. Sí, tal vez haya menos hombres como los de antes, pero los que quedan —los que están aprendiendo a serlo desde otro lugar— valen por todos los que se perdieron en el camino. Hombres que todavía arreglan fugas y cargan bolsas pesadas, pero también se sientan al borde de la cama a preguntar: “¿cómo estás?”.

Soy feminista, sí, pero celebro —y celebraré siempre— a esos hombres que no temen sentir. A los que siguen siendo de los de antes, pero con conciencia. Porque ellos son los que aprenden a amar sin controlar, a cuidar sin anular, a quedarse sin perderse.

Y ese tipo de hombre, aunque parezca en vías de extinción, es justo el que el mundo necesita para no venirse abajo.

Imagen cortesía de la autora

La Jornada Morelos