


Nuestros cuerpos son objeto de un sinfín de intervenciones. Desde el sigilo de la vida cotidiana actúan fuerzas que nos determinan sin darnos cuenta; por ejemplo, cuando vemos una película hollywoodense. Detrás de ese espectáculo se actualiza un dispositivo diseñado para el control y para colonizar los gustos, las formas de ser, los gestos, nuestras necesidades e, incluso, nuestros sueños. Se trata de una pluralidad de modalidades en el ejercicio del poder que van desde lo estético hasta lo onírico. El resultado es una amenaza constante de sumisión a parámetros dictados por un Imperio cultural cuyo núcleo simbólico es Hollywood. De esta forma, casi inocente, millones de cuerpos atienden sus directrices, seducidos por su propaganda, peregrinan en condiciones inhumanas para alcanzar su tierra prometida. Bajo esta perspectiva, la división entre lo público y lo privado se desvanece, sobre todo cuando pensamos en esta potencia que no solo impacta nuestros cuerpos como un acto represivo en el orden de lo público, sino que, también los constituye, desde la comodidad de una sala de cine o, incluso, desde la sala de estar en nuestras casas.
De tal modo, podemos entender al cine norteamericano como una máquina que lleva la guerra por otros medios, un instrumento para la conquista de territorios, para la creación de súbditos y partidarios en el orden estético, es decir, cuerpos rendidos a su norma, hordas de consumidores, rebosantes del deseo por lo yanqui. Se trata de un dispositivo que ordena las corporalidades desde la lógica de lo productivo, esa ratio que colonizó al mundo entero bajo los parámetros de la sociedad occidental hegemónica. De este modo, la hegemonía estética potenciada por la imaginación de cineastas se concreta bajo la lógica de una industria, su difusión y alcance global indican una batalla ganada en todo el orbe bajo la mácula de lo Hollywoodense, sin la necesidad de una guerra declarada, ni la formalidad ni el desperdicio de la guerra convencional. Pensemos un poco en la presencia de esta maquinaria de guerra instalada en lo más íntimo de nuestras casas, descubramos la manera seductora en la que impone directrices corporales.
Después de reconocer su fuerza y sus alcances, es necesaria una problematización estético-política del cuerpo que nos permita comprender la magnitud de su imposición, sobre todo, cuando volteamos a ver nuestros gustos, nuestra ropa, aquello que comemos, los espacios de nuestras casas, las rutinas que ordena el cine para vivir como copias baratas de su American way of life. Digámoslo con un argumento circular: “Houston, tenemos un problema.” Su fuerza de penetración se articula con las interminables filas de un ejército diferente, una reserva casi universal de consumidores, soldados disciplinados que desean lo que el cine ha ordenado que deseen, mientras comen palomitas y beben su refresco de cola.
Después de todo, ¿por qué hablar de máquinas de guerra? ¿Por qué siempre las máquinas? ¿qué es una máquina sino un exceso de control? Preguntas significativas desde el horizonte de la era técnica. Una maquina responde a un funcionamiento encuadrado en bordes bien establecidos, ejerce su libertad dentro de los márgenes de su confinamiento constitutivo. No olvidemos el origen de la palabra en el verbo griego mechanao que significa fabricar, idear, provocar, prácticamente desdoblar la realidad con la fuerza del pensamiento, de manera violenta, regular y disciplinada, como quien repite cada uno de los versos de la Odisea hasta aprenderla de memoria. Una y otra vez, la máquina trabaja moviendo su materialidad, ejerciendo un funcionamiento específico para el cual ha sido construida, manifestando su fuerza dentro de una lógica que hace inteligible su aparente contraposición. Apalancamientos, apoyos, fricción, empuje, desgaste, pérdidas marginales e, incluso, pérdidas programadas, así como una capacidad de refaccionarse.
El mayor triunfo de Hollywood es este engendro universal: un mismo cuerpo, lleno hasta el tope de un deseo maquinal. Una ruptura de lo natural para perpetuar la repetición del artificio en las multitudes uniformadas, la producción en serie, los grandes malls, la casa con jardín, la colección de todos los electrodomésticos, un auto en la cochera y un perro como mejor amigo de la familia. Así podemos avanzar en una ontología del cine, pero ¿cuál es el ser que está en juego? A final de cuentas el cine hollywoodense se alinea a lo planteado por Gilles Deleuze, ya que lo importante cuando hablamos de los cuerpos, es saber lo que un cuerpo puede ser, como un pliegue de fuerzas virtuales que arrancan la pesada determinación de las cosas hacia un horizonte que las rebasa desde sí mismas.

Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.

Imagen: Escena de la película, The Wall, (Alan Parker, 1982).

