
El mundo cultural está conmocionado y consternado por el homicidio del director de Cultura de Yautepec, Héctor Meza Maldonado. Joven, siempre amable, de actitud siempre dispuesta, generoso, trabajador, talentoso en la gestión pública. Era mejor persona, de trato sutil. No es fácil conservar la suavidad de formas ante un medio que puede ser hostil, no solo me refiero al gobierno sino también al mundo cultural.
No es esta una columna que se ciña al tinte policiaco. Eso lo hacen otros medios con otros propósitos que no solo documentan los hechos, sino que los capitalizan en la narrativa necrófila que impera el mundo en que vivimos. Me sumo a las condolencias. Es terrible, indignante, triste, y todas las descripciones que se suman la digan rabia de familiares.
Cerca de una década al frente de su cargo, con algunas interrupciones, le dieron un grado de experiencia poco igualable en la administración cultural de nuestra entidad, en donde los cambios son súbitos y la malagradecida exclusión pone y depone funcionarios. Héctor fue un funcionario exitoso, atrevido incluso participó de un proceso electoral para del diputado local. Exploró la independencia, pero también se replegó al poder. No lo critico, es una lección. Ahí también estuvo su éxito, cerca del presupuesto público. Lo supo utilizar. Innumerables son sus logros y alcances.
Conocí al joven Héctor hace más de una década, en su pueblo Cocoyoc. Meza Maldonado era un alfabetizador nato, preocupado por la lectura y las matemáticas, pero sobre todo por el juego y la convivencia. Así surgieron los Supercarnalillos, una agrupación de chavos y chavas, niños y niñas que crearon un espacio social de convivencia y recreación, de plena comunidad lúdica.
Manolo Nava, entonces director de Planeación del Ayuntamiento de Yautepec supo reconocer su talento, y sobre todo su consciencia social para incluirlo en las actividades que diversas áreas llevábamos a partir del Programa Rescate de Espacios Públicos, pero desde su independencia. Héctor, inquieto, participativo y elegantemente demandante, hizo una alianza que más tarde le fue dando visibilidad política.
No era para menos, el reconocimiento a su trabajo por parte de la comunidad fue pleno, y llegó esa popularidad a tal nivel que obtuvo la confianza para organizar uno de los festivales de mayor prestigio de Morelos, el Festival Cocoyoc Cultural, apoyado por instancias municipales, sobre todo, pero también por administraciones estatales y el gobierno federal.

Ahí, junto a ese grupo, comenzaron sus sueños y acciones de joven promotor, primero educativo, recreativo y luego cultural. Estudió Ciencias Políticas en la UNAM. Tenía herramientas intelectuales y voluntad de acción. Lo logró, convenció a la familia Alonso de que su papel al frente sería provechosa para un proyecto político que abarca casi tres lustros de manera continua y cerca de veinte años en sus orígenes.
Así logró gestionar recursos para el sector cultural local. Destaco algunos: continuar el proyecto de restauración de la Casa de la Cultura Virginia Fábregas en su segunda etapa, impulsar la gestión de recursos para la remodelación de la Plaza del Arte, los festivales en apoyo a la Fiesta de las Asunción, el Teatro popular del pueblo, el gratuito, no el comercial, y múltiples acciones de intervención comunitaria, sobre todo cine, danza, teatro, convites. Destaco también su influencia para reavivar el Museo Centro Cultural del Chinelo con el apoyo de Oscar Daniel Lara Santín. Eso es meritorio.
Hay mucho que escribir de Héctor. Leo algunas esquelas, despedidas. Fue un hombre muy querido, reconocido. Será parte de la memoria cultural de los pueblos de Morelos. Su trayectoria lo avala. De pronto me viene a la mente toda esa alegría que vivió acompañando los procesos culturales y sus eventualidades, pero también la soledad que entraña la gestión pública. Héctor lo supo. Su intensidad encontró una salida en toda esa pasión por su música alternativa, sus viajes, sus fotos que eran una ventana a su mundo, el que compartió públicamente, como su salida del clóset. En esa honestidad, atrevida y a veces infantil, atestiguamos su transparencia. No era perfecto, ¿quién lo es? Era Héctor. Su enojo, si al caso, en lo que le conocí, se traducía en seriedad.
Héctor y yo no fuimos amigos, pero nos estimamos. A últimas fechas más. Coincidimos en varias agendas, eventos y amistades. En varias ocasiones, junto con Miguel Ángel Alarcón, nos requirió apoyo para diversas actividades. Planeamos muchas, logramos algunas. Y está bien, así es la vida, y la administración pública, lo sé, es promesa, vacío e imposibilidad.
Pienso en muchas cosas, toda la noche, toda la mañana. Una reseña, un réquiem, un post… No, merece Héctor esta columna. ¿Cuál es la memoria que resguarda a la víctima? Solo el dolor. No me parece suficiente. Nos debemos respuestas ante escenarios así. La sociedad está en desuda en tanto no haya pacificación. El homicidio de Héctor es terrible, es triste, tristísimo como leo a mis compañeros del sector cultural que condenan una y otra vez. El hecho es terrible, la pérdida irreparable.
Lamento su asesinato, eso fue. Y deja una herida, una herida más frente a la terrible violencia que sigue, aunque nos incomode decirlo. Héctor, trabajaba en contrasentido al imperio de la violencia. Su trayectoria es una de esas luces que han hecho que la obscuridad sea una intermitencia.
Un abrazo a su familia, a su mamá, a sus amistades, a sus compañeras y compañeros de trabajo, sobre todo a su pequeño gran equipo.
Merece justicia, como toda víctima. Desde aquí lo despedimos, con afecto, con lamentación y con indignación.
No se nos olvide el asesinato de Héctor.
Descanse en paz.


