Julián Vences 

Jojutla, Morelos. Domingo 20 de abril de 1952. Antes de concluir la misa de siete de la mañana, el párroco Andrés Morales Huicochea, informó: 

— Amados hermanos, en veinte días llegará a Cuernavaca el sustituto de monseñor Alfonso Espino y Silva. El pasado lunes 21 de febrero, monseñor Piani, delegado apostólico, hizo saber que el papa Pío XII nombró nuevo obispo para nuestra diócesis. Las autoridades eclesiásticas nos exhortan a brindarle un gran recibimiento, que el mayor número posible de fieles forme largas vallas y acuda masivamente a su consagración. Nuestra santa madre iglesia espera mucho de él; tiene trayectoria sobresaliente: estudió doce años en la Universidad Gregoriana de Roma; allá, en 1934, fue ordenado sacerdote e hizo la licenciatura en Teología y doctorados en Filosofía e Historia Eclesiástica. Es sobrino del ilustrísimo José Mora y del Río, arzobispo de la arquidiócesis de México, desterrado a Texas en 1927 por el presidente Plutarco Elías Calles. El cura no les informó, quizá lo ignoraba, de otro tío del nuevo obispo: el general y expresidente Lázaro Cárdenas del Río. 

Hacía dos meses que por la oficina del padre Sergio Méndez Arceo, director espiritual del seminario mayor de Tlalpan, desfilaban seminaristas y sacerdotes que presentaban sus respetos y lo ponían al tanto de la situación de la diócesis: cuántas y cuáles órdenes religiosas operaban, número y calidad del presbiterio y quiénes de éstos fueron removidos de su diócesis por abusivos y aquí, impunes, purgaban una pena en época que el adjetivo pederasta no se usaba. Se enteró, con gran sorpresa, que una vez al año, los seminaristas acudían, por disposición del obispo Alfonso Espino, a una quinta en Tlaltenango propiedad de una familia franquista donde proyectaban la película El Alcázar de Toledo, les instruían sobre el marianismo del generalísimo Francisco Franco, recalcándoles enfáticamente que gracias a Franco, la fe católica había triunfado sobre la maldad republicana, que la religión había vencido al comunismo, que el generalísimo era un santo e incluso entonaban el himno falangista De cara al sol

Por esa oficina de Tlalpan también pasó lista el enigmático y reservado monje belga Gregorio Lemercier, fundador del monasterio benedictino de Santa María Ahuacatitlán; mostró constancia de su ordenación sacerdotal (abril 18 de 1938) en el innovador monasterio de Mont César; el carismático benedictino impactó a su atento oyente, pero de su boca nada salió respecto a dos experiencias truncas: la de Monte Casino, Huitzilac, donde cuatro años atrás rompió violentamente con Ignacio Romero Vargas Yturbide y la de Guaymas, Sonora, donde en 1946 el obispo Juan Navarrete Guerrero lo conminó a salir de su diócesis, porque si no, la madre de un adolescente lo denunciaría penalmente por abuso; tampoco consideró necesario informarle que antes de asentarse en Santa María fue rechazado por los obispos de Zamora, Tulancingo, Puebla, Morelia, Guadalajara, León, Apatzingán, Veracruz y San Luis Potosí. En esa oficina de Tlalpan monje y obispo iniciaron una intensa relación que, con el tiempo, produciría alegrías y dolores de cabeza. 

Un sacerdote informante le habló de un tal Marcial Maciel, ostentador de impresionante pedigrí clerical: sobrino de tres obispos, dos Guízar y Valencia (Rafael y Antonio, el primero, canonizado como primer santo mexicano y, el segundo, iniciador del Seminario Interdiocesano de Montezuma, Nuevo México) y Francisco González Arias, quinto obispo de la diócesis de Cuernavaca, tío que lo ordenó el 26 de noviembre de 1944, en la Basílica de Guadalupe, a pesar de haber recibido, tres meses antes, la denuncia de que en diez ocasiones pidió a un niño de trece años que lo masturbara. El mentado Marcial había sido expulsado de varios seminarios y ni siquiera completó estudios de filosofía mucho menos de teología. 

* Capítulo 2 de “Entre Sotanas”, libro de Julián Vences, 2023. 

Julián Vences