Mucho se ha abundado en este y otros espacios en torno a la figura del general Emiliano Zapata Salazar. Sin duda alguna, es el mexicano universalmente más conocido, figura principal de la Revolución Mexicana y de los postulados sociales del pueblo mexicano, a través de la reivindicación de una lucha tan ancestral como sagrada: el Derecho del hombre para poseer y trabajar la tierra. En la entidad, es el referente indiscutible de identidad local y regional, no en vano, su poderosa personalidad ha desplazado a un segundo sitio al general Morelos, lo cual no es cosa menor, no hay sitio en el estado de Morelos, donde de alguna u otra forma no esté presente el general Zapata, una muestra de ello es la marcada iconografía popular zapatista diseminada a lo largo y ancho del territorio morelense.

Sin embargo, y sin menoscabo de los méritos del general Zapata y de la devoción que sin exagerar sigue provocando su memoria entre sus paisanos, es obligado no olvidar los méritos y trayectorias de hombres y mujeres que a lo largo de una historia milenaria han construido nuestro presente. Dicen que un pueblo que no rinde tributo a su pasado no es digno de mención, y en nuestra tierra no todas las calles y colonias se deben llamar Emiliano Zapata ¡hay que dejar descansar al caudillo!

Lo anterior viene a colación alrededor de una reflexión que protagonizaron hace unos días en las redes sociales, mis amigos y colegas cronistas Carlos Lavín Figueroa y Julián Vences, este último Director General del Instituto Estatal de Documentación de Morelos. Resulta que en días pasados, Carlos publicó una magnífica semblanza sobre Eugenio J. Cañas, aquel héroe civil y destacado empresario que fue no sólo benefactor de Cuernavaca, sino un decidido impulsor de la modernidad de la capital del estado en los primeros años de la vida constitucional morelense. Don Eugenio entre muchas cosas, trajo la luz eléctrica a la ciudad, las primeras fábricas de hielo, donó terrenos de su rancho en Atzingo para crear el panteón de “La Leona”, construyó la calzada Leandro Valle, primera vialidad moderna en Cuernavaca y que por medio del célebre “tranvía de mulitas” unió la estación de ferrocarril con el centro de la ciudad. Buscando agua para sus plantas de luz, Don Eugenio, descubrió y excavó el manantial de El Miraval, el más importante de la ciudad hasta nuestros días.

Entonces Julián, también colaborador de La Jornada Morelos, atinadamente comentó palabras más, palabras menos, que es muy modesto el tributo que Cuernavaca hace de figuras determinantes para su historia, en el caso de Eugenio J. Cañas: tan solo una arteria de unos cientos de metros que corre de la calle Madero al Túnel. Pero no solo Don Eugenio ha sido olvidado, también muchos que le antecedieron y otros que le sucedieron. Ya se ha mencionado reiteradamente, las condiciones deplorables en que encuentra la plaza del Palacio de Cortés y la estatua del “Morelotes” de Juan Fernando Olaguibel, copadas por plateros que si bien tienen derecho a ganarse la vida, no tienen derecho a apoderarse y a destruir el patrimonio histórico y cultural de la nación. Aquí ninguna autoridad de ningún orden de gobierno ha querido resolver el asunto por décadas.

Caso aparte es el que atañe a la memoria del senador José Diego Fernández Torres, cuernavacense que ha sido el más grande legislador en la historia local, funcionario judicial intachable y avezado abogado postulante. El Senador Fernández que coincidentemente nació en una casa aledaña a la plaza del Palacio de Cortés, fue el valiente defensor de la soberanía local en 1913, cuando Victoriano Huerta desapareció los poderes en la entidad, dejándonos en estatus de territorio federal hasta 1930, cuando se restableció el orden constitucional en el estado. José Diego Fernández Torres, fue un prócer a la altura de Belisario Domínguez. Hoy no existe una calle, una plaza, una placa o una presea con su nombre en todo Morelos. En el antiguo congreso de la calle de Matamoros, se encontraba una estatua de Fernández en los pasillos, se desconoce hoy su paradero. Ojalá estas líneas motiven a algún legislador local a promover el rescate de la pieza escultórica y su instalación en algún sitio preponderante en Cuernavaca.

Asignatura pendiente lo es también, tener presentes a figuras más recientes, es del dominio público que personalidades actuales que abonan al pensamiento mexicano, han nacido o elegido Morelos como su residencia, tal es el caso de los recientemente fallecidos Adalberto Ríos Szalay en Cuernavaca o José Agustín en Cuautla. Si bien han recibido homenajes en sus localidades, mal no estaría recordarlos y homenajearlos con alguna calle con su nombre o una placa alusiva en un sitio público. Como ya se mencionó, la figura de Zapata es el buque insignia de la identidad morelense, pero ello no debe apartarnos, del obligado tributo y recuerdo a otros tantos que forjaron desde sus particulares trincheras, la grandeza local.

*Escritor y cronista morelense.

Roberto Abe Camil