En verdad me pregunto qué es una mala poeta. Escribo la frase a las seis de la mañana para los perros, los gallos, las otras bestias rurales y para mí en pleno cerro de la selva caducifolia. En verdad, insisto, porque lo de la mala feminista ya lo tenemos superado de un lado y otro del mundo, hasta llegar a un archipiélago cerca de África, las Islas Canarias donde la poesía retumba con el eco sonoro, también narrativo, de una de las exponentes contemporáneas más destacadas de esa región: Josefa Molina, poeta y periodista que descubre en el siguiente texto otro de los meollos editopatriarcales que su servidora ha estudiado. Más allá del cuestionamiento a los criterios de calidad hegemónica, todos patriarcales, por supuesto, Molina da en el clavo poéticamente al escribir:

Mala poeta

Me llamaron mala poeta

Me escupieron su recelos y su arrogancia

Lo primero que atrae esta estrofa es el recelo en plural, pues no habla de uno, sino de varios que, arrogantes, la etiquetan. Se trata de una práctica muy común, bastan un poema o a veces la mitad de uno solo para que caiga encima la lápida de “escribes como mujer”, “eso no es poesía”, “ya está muy dicho” y otras opiniones que sostienen la idea de que nosotras escribimos mal sólo por eso, por ser mujeres.

Restregaron sobre mí su elitismo hueco

Me clavaron las espinas de todos sus silencios

Me llamaron mala poeta

El elitismo al que se refiere es ciertamente irreflexivo, a tal punto que deviene en el borrado que vuelve invisible la obra de las mujeres, una práctica común traducida en este texto a espinas, pues no hablar de lo que ellas crean o producen desde la experiencia estética es garantía de que su voz continue sin ser escuchada. El verbo restregar y clavar entrañan una violencia de facto.

Me lanzaron a la cara sus versos de estrellas

Y me recitaron, una a una,

sus rutilantes imágenes poéticas

Mala poeta, me llamaron

A los cuatro vientos con la boca llena

Quizá de lo más afortunado de este texto sea deconstruir la estética del canon poético cuyos versos de estrellas siguen ponderándose, mejor dicho, imponiéndose, mostrándose como modelo de lo que supuestamente tiene que ser la poesía escrita por quien sea. Si una expresión de ese tipo no obedece a los criterios de calidad o las concepciones literarias “rutilantes” a decir de Josefa Molina, no tiene lugar. Nos percatamos entonces de que la tortura sigue, una especie de castigo a quien escribe a contravía, al lado de todos los caminos posibles con la honestidad verdadera de una artista.

Quemaron mis cuadernos y vomitaron sobre mí

sus infames sonetos

Me llamaron mala poeta

Se metieron en mi casa Se adueñaron sin pudor de mi despensa

y me dejaron la basura llena de palabras muertas

Al mundo dijeron:

Esa que ves ahí

Esa, se cree poeta

Obviamente, la quema de cuadernos como de cuerpo textual no podía faltar. A la persecución del principio con espinas de silencios sobreviene la intromisión en la casa de la poeta, es decir, en su mente, en su interior donde dejan cadáveres de vocablos para llamar otra vez al silencio con tal de la que la voz femenina se asuste o sea sepultada.

Desdeñaron mis cuadernos repletos de frío invierno,

de vísceras sanguinolentas

Mala poeta, me llamaron

Y yo, dios mío, yo les creí

y cerré la puerta.

El final desconsuela, pero tiene que ser de modo para que opere la denuncia de las heridas que la critica literaria patriarcal refuerza o agranda, para que el síndrome de la impostora se instale en el poema cuya hablante lírica lo sufre. El problema es que ella les cree, cierra la puerta como lo hizo ni más ni menos que Emiliy Dickinson y muchas otras grandes quienes, al recibir el golpe de la incomprensión o la agresión misógina, se encierra. El candado en la puerta garantiza que nosotras mismas nos censuremos, nos callemos para agradar. La autora explica en estos versos, con claridad admirable, cómo se produce ese silencio: a golpe de escupitajos, de menosprecios. No nos extrañe que muchas más “malas poetas” renuncien a mandar sus libros a concursos, a editoriales. No nos extrañe que consigan acomplejarnos o hacernos renunciar a mostrarnos. No nos extrañe que la única poesía que valga para los supuestos poetas de este tiempo se la de los poetas hombres y las poetas mujeres que los imitan.


* Escritora

Alma Karla Sandoval