

Una parte del legado proveniente desde la tradición platónica acerca de las ideas de orden trascendental como el bien, la verdad, la justicia y la belleza han dejado un rastro en la formación del pensamiento en Occidente y otros territorios donde se han vertido a través de la cultura y la consecuente socialización. Como se sabe, el cristianismo adoptó en buena medida la argumentación platónica respecto de la idea del bien; con las particularidades de la implicada secularización. Lo que devino, desde luego, en la formación de un carácter moral. Tal y como Nietzsche acusaba en La genealogía de la moral, en la adopción de ideas y valores, pero también en una especie de transformación e inversión de aquellos, el cristianismo forjó una visión específica de la conducta, de la moral y, en general, de la visión del mundo.
Para ser más precisa, la idea del bien, a partir del cristianismo, excluyó lo que consideró lo otro, las sombras. Negó, si se quiere ver de ese modo, el componente del resto en lo que denominó el mal. El pecado y la culpa, como señala Nietzsche, fueron los elementos por los que el cristianismo lograría preservar su existencia y solicitar en ese nombre el alcance tanto del bien como de la vida eterna. En consecuencia, la formación y la imposición de una moral, a su vez, demandaban la exclusión de la “tentación” y del “pecado”.
La crítica que hace Nietzsche señala la posible distorsión o inversión de ideas y conceptos que se planteaban en la Grecia antigua. Sin embargo, a pesar de esta alteración, no es posible dejar de observar la influencia de Platón más allá de la religión, permeando la filosofía política y la concepción del Estado ideal, por ejemplo. Aunque, volviendo a la idea del bien, en el caso del filósofo ateniense se puede ver el contraste de aquella respecto del planteamiento cristiano. Para el primero no habría una penitencia o castigo. No existiría una idea de culpabilidad, sino el hecho de que alejarse de las ideas verdaderas, de la esencia de estas, simplemente implicaría no reconocer que se es parte de la doxa, de la opinión, en tanto que no se tiene el conocimiento de la idea en sí. Se viviría en la caverna y las creencias estarían sustentadas en las apariencias, únicamente en la proyección de las sombras.
No obstante, este planteamiento también constituiría una especie de símil entre conocimiento y luminosidad. Y sería asimismo una idea influyente para el pensamiento ulterior. Sin embargo, la cuestión que me gustaría poner de relieve es, ¿qué ocurriría si se concediera que el espacio de sombras, lo considerado oscuro o negado en el ser humano también es una parte constitutiva de su ser? Es decir, el reconocimiento de lo tradicional o, mejor dicho, de lo llamado “pecaminoso” en la cultura; esa especie de aceptación, ¿no conduciría precisamente al desvanecimiento de esas sombras? Y, a su vez, ¿ello no conduciría a un ser integral, más tolerante, más amable consigo mismo?
Ha habido diferentes planteamientos desde la psicología y la filosofía que han dado cuenta de ello. Por ejemplo, para Carl Jung era claro que la vida inconsciente, por decirlo en términos simples, era lo que conducía la vida diurna y, más allá, lo que daba forma a las relaciones sociales. En ese sentido, las patologías, los traumas y aquello oculto sería responsable de buena parte de nuestras experiencias. Y para allegarnos de un conocimiento mayor de nosotras/os mismas/os sería necesario integrar esas sombras o predisposiciones de la vida inconsciente. De ahí una se sus frases más conocidas: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma. Aquello a lo que te resistes, persiste”.
Esta máxima desde luego, tratando de alejarnos del argumento maniqueo platónico y cristiano acerca del bien y del mal, intentaría conducirnos hacia el conocimiento de nosotras/os mismas/os; el cual, de manera deseable, considerando la conformación de un mayor umbral de experiencia, nos brindaría un sentido de mayor orientación; y, en consecuencia, de menor angustia.

Otro ejemplo de la diferencia en la perspectiva sobre el bien y el mal proviene de la filosofía budista, donde se establece que el bien y el mal son inseparables, dictados más bien por predisposiciones y procesos de experiencia, complementarios, aunque no por ello son arbitrarios ni mutuamente excluyentes. La reflexión por el momento sería pensar en una propuesta de integración de esos aspectos sombríos u oscuros para reconstruir nuestro sentido de la experiencia.
*El Colegio de Morelos / Red Mexicana de Mujeres Filósofas

